El valle inquietante: el escalofrío que nos protege de las máquinas

Hay una incomodidad muy concreta, casi física, que todos hemos sentido alguna vez: la que produce un muñeco demasiado realista, una figura de cera, un personaje de videojuego cuyos ojos no terminan de estar vivos. No es el miedo a lo monstruoso, que es claramente otra cosa, sino algo más sutil y más perturbador: el desasosiego ante lo que casi parece humano, pero no del todo. Ese fenómeno tiene nombre, el valle inquietante, y entender por qué existe quizá sea más urgente que nunca, ahora que la inteligencia artificial está aprendiendo a cruzarlo.

La curva de Mori

El término lo acuñó en 1970 el ingeniero japonés Masahiro Mori, profesor de robótica, en un breve ensayo publicado en una revista llamada Energy. Mori dibujó una curva: a medida que un robot se parece más a una persona, nos resulta más simpático y familiar. Pero hay un punto, justo antes del parecido perfecto, en el que esa simpatía se desploma de golpe en un abismo de rechazo. Ese abismo es el valle. Y Mori advirtió de algo que la industria suele olvidar: el movimiento no mejora las cosas, las empeora. Un robot inmóvil que casi parece humano inquieta; uno que además se mueve, con gestos levemente erróneos, resulta francamente espeluznante, como un cadáver que caminara. Por eso aconsejaba a los diseñadores no perseguir el realismo total, sino quedarse, con prudencia, en la ladera anterior al valle.

Una intuición más antigua que los robots

Mori puso nombre a algo que la filosofía llevaba rondando mucho antes. En 1906, el psiquiatra alemán Ernst Jentsch escribió sobre lo siniestro y lo situó en una experiencia muy precisa: la incertidumbre de no saber si algo está vivo o no, la duda ante un autómata, una figura de cera, un muñeco que quizá se mueva. Trece años después, Sigmund Freud retomó la idea en su célebre ensayo Lo ominoso (Das Unheimliche) y le dio una vuelta más honda: lo inquietante no es lo desconocido, sino lo familiar que de pronto se vuelve extraño, aquello que debería resultarnos cercano y sin embargo nos eriza la piel. Ambos analizaron el mismo relato, El hombre de arena de E. T. A. Hoffmann, en el que un joven se enamora de Olympia, una mujer que resulta ser un autómata. Dos siglos antes de los deepfakes, la literatura ya había localizado el escalofrío exacto: el de descubrir que lo que tomábamos por humano era una máquina. El cine recogió el testigo: en A. I. Inteligencia Artificial, Steven Spielberg llevó esa misma pregunta a David, un niño robot diseñado para amar, tan semejante a un niño real que su sola existencia resultaba a la vez conmovedora y perturbadora.

Para qué sirve el escalofrío

¿Por qué sentimos esto? Las hipótesis se acumulan y ninguna es definitiva, pero todas apuntan en una dirección parecida. Para algunos, el valle es un sistema de alarma evolutivo: un rostro casi humano pero con algo «mal» podría delatar enfermedad, un cadáver o un individuo defectuoso, y nuestro cerebro aprendió a apartarse de ello. Para otros, lo que se dispara es el rechazo a la ambigüedad de categorías, justo la intuición de Jentsch: detestamos lo que no es ni una cosa ni la otra, lo que viola la frontera entre lo vivo y lo inerte, entre la persona y el objeto. Sea cual sea el mecanismo, lo decisivo es el papel que cumple. El valle inquietante es, en el fondo, un detector de impostores: una señal corporal que nos avisa de que eso que tenemos delante no es lo que dice ser. La repugnancia es información.

Cuando la máquina aprende a salir del valle

Y aquí llega el giro contemporáneo. Durante décadas, el valle fue un consuelo: por muy logrado que fuese un efecto especial o un robot, algo en ellos terminaba delatando la impostura. Pero la inteligencia artificial generativa está, por primera vez, cruzando al otro lado. Los rostros sintéticos ya engañan al ojo, las voces clonadas pasan por reales, los humanos digitales sonríen sin que nada chirríe. La IA no ha refutado a Mori: simplemente está escalando la pared del fondo del valle hasta el territorio donde lo artificial es indistinguible de lo vivo. Y eso, lejos de ser una buena noticia, es el verdadero peligro, porque el escalofrío era nuestra última defensa instintiva, la alarma que sonaba aunque la razón no supiera explicar por qué. Cuando un deepfake ya no nos produce inquietud alguna, hemos perdido el aviso y entramos de lleno en ese mundo donde internet ya no distingue lo real de lo fabricado. El robot que da miedo es inofensivo precisamente porque da miedo. El que debería preocuparnos es el que ha dejado de darlo.

La objeción honesta

Conviene, sin embargo, no convertir el valle en un dogma, porque tiene grietas. La primera es científica: la famosa curva de Mori es más una intuición genial que una ley demostrada, y los estudios que intentan medir el fenómeno arrojan resultados dispares; hay quien sostiene que el efecto es más débil, más cultural y menos universal de lo que la leyenda sugiere. La segunda es que nos acostumbramos: lo que hoy nos parece perturbador mañana nos resulta natural, como pasó con los primeros efectos digitales o las voces de los navegadores. Y la tercera es que cruzar el valle no siempre es siniestro; puede significar prótesis más humanas, compañía para quien está solo, avatares que devuelven el habla a quien la perdió. No toda imitación de lo humano es un engaño; algunas son un cuidado. La incomodidad, por sí sola, no es una brújula moral infalible.

Pero incluso concediendo todo eso, la intuición que el valle bautizó sigue siendo valiosa, porque nunca trató en realidad de robots. Trataba de nosotros, de la frontera entre lo vivo y su copia, y de lo que sentimos cuando esa frontera se borra. La pregunta que deja la IA no es si seguiremos notando el escalofrío, sino si nos daremos cuenta el día en que deje de aparecer. Durante toda la historia, lo que imitaba a un humano acababa, antes o después, delatándose. Estamos construyendo, por primera vez, imitaciones que no se delatan. Y cuando ya nada nos resulte inquietante, puede que sea justo entonces cuando más motivos tengamos para estarlo.

La fotografía de representación de este artículo es un fotograma de la película A. I. Inteligencia Artificial (2001), de Steven Spielberg.

Claude
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