Estados Unidos vuelve a mirar al pasado para alimentar su futuro digital. El presidente Donald Trump ha firmado esta semana dos órdenes ejecutivas con las que pretende reactivar el uso del carbón como fuente principal de energía, una medida con la que busca responder a la creciente demanda energética que plantea la inteligencia artificial (IA).
Trump justificó esta decisión en la necesidad de garantizar un suministro eléctrico suficiente para los centros de datos, infraestructuras clave para el desarrollo de tecnologías como la IA y la computación de alto rendimiento. Rodeado de mineros en un acto simbólico en la Casa Blanca, el presidente anunció que todas las plantas de carbón cerradas “van a ser abiertas de nuevo si son lo suficientemente modernas o serán demolidas y se construirán otras nuevas”.
Un giro radical en política energética
Las órdenes ejecutivas firmadas otorgan al Departamento de Energía poderes de emergencia para impedir el cierre de centrales de carbón y prolongar su funcionamiento. Además, Trump ha ordenado al Departamento de Justicia que identifique y anule regulaciones estatales o locales que limiten la actividad del sector por motivos medioambientales.
Esta decisión representa un giro de 180 grados respecto a la política climática de las últimas administraciones, en especial la de Joe Biden, quien apostó por fuentes limpias y renovables. De hecho, durante el primer mandato de Trump ya se redujo más el uso del carbón que bajo los gobiernos demócratas, aunque ahora su discurso lo reivindica como “limpio y hermoso”.
IA y manufactura como ejes del plan
La apuesta por el carbón no puede entenderse sin el auge de la inteligencia artificial. Trump ha declarado que el objetivo de estas medidas es “satisfacer las necesidades de electricidad de las operaciones de IA y computación de alto rendimiento”. El plan incluye identificar, en un plazo de 60 días, qué regiones con infraestructuras de carbón podrían albergar nuevos centros de datos y ampliar las existentes.
Además, el presidente relaciona esta estrategia energética con su promesa de resucitar la industria manufacturera nacional. “Necesitamos la IA, toda esta nueva tecnología que está entrando en funcionamiento”, afirmó, defendiendo que un retorno de la producción a EE.UU. requiere de una red eléctrica sólida y abundante.
Retroceso medioambiental
El anuncio ha desatado críticas entre expertos y organizaciones ecologistas. El carbón es el combustible fósil que más contribuye al cambio climático, al liberar grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂) al quemarse. Desde hace más de una década, EE.UU. ha ido abandonando progresivamente esta fuente de energía en favor del gas natural, la eólica o la solar, más baratas y menos contaminantes.
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, defendió la medida asegurando que “el carbón es fundamental para lograr el dominio estadounidense en materia de energía e inteligencia artificial”. Pero para muchos, se trata de un nuevo paso atrás en los compromisos climáticos, justo cuando Trump ha vuelto a retirar al país de los acuerdos de París.
Viabilidad incierta
Pese a las intenciones del presidente, resucitar el carbón será una tarea difícil. The New York Times señala que la mayoría de las compañías eléctricas ya han cerrado cientos de centrales y han programado el cierre de casi la mitad de las que aún siguen en pie. En 2024, solo el 15% de la electricidad del país procedía del carbón, una cifra en caída.
Las órdenes ejecutivas apenas contemplan la creación de nuevas plantas, sino más bien la prolongación de las existentes. La falta de rentabilidad económica, la presión de los mercados y las exigencias medioambientales hacen que este plan tenga una viabilidad limitada a largo plazo.
Consecuencias geopolíticas y económicas
La vuelta al carbón no solo tendrá efectos internos. Trump ha acompañado esta estrategia con una nueva ronda de aranceles que amenaza con tensar aún más las relaciones comerciales con China y la Unión Europea. En un tono provocador, declaró: “Me besan el culo”, refiriéndose a los países que, según él, quieren negociar bajo sus condiciones.
Este movimiento podría complicar las relaciones con los gigantes tecnológicos que apoyaron inicialmente a Trump, muchos de los cuales apuestan por energías limpias para reducir su huella ecológica. Además, podría incrementar las tensiones con los estados demócratas, que lideran políticas climáticas más ambiciosas y podrían resistirse a desmantelar su legislación.
Con esta ofensiva, Trump busca consolidar su visión de un EE.UU. fuerte, autosuficiente y dominador tecnológico. Pero lo hace al precio de poner en jaque los avances climáticos y reabrir el debate sobre cuál debe ser el modelo energético del futuro.
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