El 5 de marzo de 2026, una de las bases de datos de cine más consultadas del mundo se apagó. The Numbers, la web que lleva casi treinta años registrando cuánto recauda cada película, dejó de responder. Durante más de una semana no hubo taquillas, ni presupuestos, ni el archivo que periodistas, estudios y aficionados habían usado casi como un servicio público. El viernes 13 volvió, pero en una versión esquelética, reconstruida desde cero.
Lo que la tumbó no fue un pico de curiosidad humana. Fue una marea de máquinas.
El caso lo ha contado con detalle Bruce Nash, fundador del sitio, en una entrevista con el analista Stephen Follows publicada en julio. Y aunque parezca la desventura de una web pequeña, funciona como aviso sobre algo mucho mayor: la web abierta, tal y como la conocemos, se está volviendo insostenible para quien la sostiene.
Casi treinta años de datos, apagados de golpe
The Numbers nació en 1997, alojado por entonces en un sitio de Geocities. Con los años se convirtió en una de las mayores referencias públicas de datos de cine: recoge las recaudaciones de más de 78.000 películas y cientos de miles de fichas de estrenos y profesionales, y llegó a superar los ocho millones de visitantes al año, cifra que le valió una mención en el Libro Guinness. Todo ello sostenido por una infraestructura veterana, del tamaño de un proyecto casi artesanal.
Esa arquitectura, pensada para lectores humanos y para los rastreadores educados de los buscadores, aguantó casi tres décadas. Lo que no pudo aguantar fue el nuevo tipo de visitante que llegó con la inteligencia artificial.
Dos oleadas: del entrenamiento a los agentes
Nash describe el asedio en dos fases. La primera empezó cuando los grandes modelos de lenguaje necesitaron tragar toda la web posible para entrenarse.
«Vimos un gran aumento de rastreos cuando el entrenamiento de las IA se sumó a los rastreadores de los buscadores. Los rastreadores de IA suelen portarse bastante peor».
Bruce Nash, fundador de The Numbers
La segunda oleada, más agresiva, llegó a finales de 2025 y respondía a un cambio de fondo en cómo usamos la IA. Ya no eran solo empresas construyendo modelos, sino programas autónomos actuando en nombre de usuarios concretos.
«Hacia diciembre de 2025 vimos otro gran pico de tráfico que atribuyo a la IA agéntica: una combinación de agentes que raspan sitios en respuesta a las peticiones y de gente capaz de programar sus propios agentes para hacerlo».
Bruce Nash, fundador de The Numbers
El resultado es un vuelco en la naturaleza del público. Según los registros del propio sitio, hoy apenas el 10% del tráfico es humano. El resto, nueve de cada diez peticiones, son máquinas leyendo para otras máquinas.
La sospecha de los mercados de predicción
Aquí la historia se vuelve más inquietante, aunque conviene tratarla con pinzas. Existe un motivo económico plausible para atacar precisamente a The Numbers, y tiene que ver con las apuestas. Plataformas como Polymarket permiten apostar sobre cuánto recaudará una película, y usan a The Numbers como fuente oficial para resolver esos mercados. Quien pudiera leer los datos un instante antes de su publicación tendría una ventaja directa sobre el resto.
Nash y Follows apuntan a esa posibilidad, pero se cuidan mucho de darla por cerrada. Es una hipótesis razonable, no una conclusión.
«Qué acabó tumbando el sitio, y quién lo hizo, sigue siendo una pregunta abierta. Pero la teoría de que alguien usó la IA para lograr ventaja en un mercado de predicción es del todo plausible».
Stephen Follows, en su entrevista con Bruce Nash
No solo saturación: el rastro de una intrusión
Reducir lo ocurrido a «los bots saturaron la web» se quedaría corto. En los registros del servidor no solo había un volumen imposible de peticiones, sino también señales de algo más dirigido: sondeos sistemáticos buscando puertas traseras, muy probablemente para llegar a los datos antes de que apareciesen publicados. La saturación fue el síntoma; detrás asomaba un intento de intrusión.
Por eso Nash no se limitó a reiniciar el servidor. Decidió apagar para siempre la infraestructura antigua, con sus cerca de 160.000 ficheros heredados imposibles de auditar uno a uno, y reconstruir el sitio desde cero sobre una base más defendible. La frontera entre el abuso de rastreo y el ataque de seguridad, como ya vimos en otros episodios recientes de ciberseguridad ligada a los modelos abiertos, se ha vuelto porosa.
Una web sitiada: lo que dicen los números
El caso de The Numbers sería anecdótico si no encajara en un patrón más amplio y bien medido. Según datos de Cloudflare, en junio de 2026 los bots ya suponían el 57,5% de las peticiones a páginas web. Por primera vez, la mayor parte de la web se navega sin que haya una persona al otro lado.
El desequilibrio se ve todavía mejor en la proporción entre lo que un rastreador toma y lo que devuelve. La misma Cloudflare ha medido cuántas páginas rastrea cada gran actor por cada visitante humano que acaba enviando de vuelta al sitio: los buscadores tradicionales rondan unas pocas, mientras algunos rastreadores de IA se cuentan por decenas de miles. Es un intercambio que ya no compensa a quien publica.
La Fundación Wikimedia lo ha vivido en su propia infraestructura: calcula que los bots generan alrededor de un tercio de las páginas vistas, pero consumen cerca de dos tercios de su tráfico más caro, el que más recursos exige. Y no es un problema de gigantes con presupuesto de sobra. Proyectos de documentación técnica y reparación han descrito facturas y sobrecargas repentinas provocadas por un solo rastreador, hasta el punto de que a efectos prácticos equivalían a un ataque de denegación de servicio.
El fenómeno alcanza a todo tipo de contenido. Ya lo contamos con los libreros de segunda mano que alertaban de que la IA está devorando libros: allá donde hay datos ordenados y accesibles, aparece una máquina dispuesta a llevárselos a escala industrial.
La paradoja de la web abierta
El fondo del asunto es una paradoja incómoda. La web abierta, gratuita y enlazable fue la que alimentó a los modelos que hoy la ponen en jaque. Durante treinta años, publicar en abierto fue un buen trato: dabas contenido y recibías visitas, es decir, lectores, reputación y, con suerte, ingresos. Ese pacto se rompe cuando quien lee ya no es una persona que puede volver, suscribirse o comprar, sino un agente que extrae el dato y sigue su camino sin dejar nada a cambio.
Las respuestas que se ensayan van desde el peaje por rastreo hasta el bloqueo por defecto, pasando por listas de permisos que muchos rastreadores en la sombra sencillamente ignoran. Ninguna resuelve el dilema de fondo, el mismo que atraviesa el debate sobre una IA cerrada o abierta: cómo mantener viva una web que se pueda leer libremente sin que esa misma apertura acabe asfixiando a quien la mantiene.
The Numbers ha vuelto, más pequeño y mejor blindado. La pregunta es cuántos sitios como él, sostenidos por una sola persona y una infraestructura modesta, no tendrán la energía de reconstruirse la próxima vez. Cada uno que se apaga es un trozo de web que deja de existir, también para las máquinas que la vaciaron.

