La industria de la robótica está viviendo una transformación notable impulsada por empresas chinas que buscan cerrar la brecha entre las máquinas y los seres humanos. Recientemente, el foco se ha dividido entre el espectáculo televisivo y la ingeniería de alta precisión. Por un lado, el pasado 2 de junio, ocho robots G1 de la empresa Unitree acompañaron al bailarín Wu Yufei en una coreografía al ritmo de «Abracadabra» de Lady Gaga en America’s Got Talent, una actuación que se llevó la ovación del público y los cuatro «sí» del jurado. Por otro lado, la compañía Droidup ha presentado a Moya, un robot biomimético que destaca por su ligereza y un realismo sorprendente en sus interacciones físicas.
Con un peso de solo 32 kilogramos y una piel sintética que mantiene una temperatura similar a la humana, Moya representa un avance técnico en la búsqueda de compañeros robóticos más naturales. Estos desarrollos no solo muestran progresos en movilidad y agilidad, sino que también plantean interrogantes sobre la aceptación social y las tensiones políticas internacionales. Mientras el público estadounidense aplaude estas innovaciones en horario de máxima audiencia, en el Congreso de los Estados Unidos se debaten posibles restricciones a la tecnología robótica de origen chino, evidenciando una dualidad entre la fascinación tecnológica y la cautela legislativa.
Realismo físico y tecnología biomimética
El modelo Moya, presentado por la empresa Droidup (con sede en Shanghái) en enero de 2026, es un exponente de la robótica biomimética, una disciplina que busca imitar los sistemas y estructuras de la naturaleza. Según la propia compañía, el robot camina con una precisión del 92% respecto al movimiento humano gracias a actuadores asistidos por tendones y a una estructura muscular de celosía montada sobre su chasis interno, el Walker 3. Conviene tomar esas cifras con cautela: son las especificaciones que da DroidUp de un robot que aún no está a la venta (las reservas apuntan a finales de 2026), así que su realismo procede por ahora de demostraciones controladas, no de pruebas independientes.
La apariencia física de Moya también ha sido diseñada para reducir la sensación de artificialidad que suelen transmitir estas máquinas. Su piel está fabricada con silicona de alta calidad que se flexiona de manera natural con cada movimiento del cuerpo. Además, el robot cuenta con un sistema de regulación térmica que mantiene la superficie de su piel entre los 32 y los 36 grados Celsius, imitando el calor corporal humano para que el contacto físico resulte más familiar y menos frío al tacto.
En el ámbito de la comunicación, Moya utiliza un modelo de lenguaje extenso (LLM por sus siglas en inglés) de desarrollo propio. Esta tecnología permite al robot mantener conversaciones fluidas de varios turnos, comprender el contexto de las charlas y responder con una voz que evita los tonos mecánicos habituales. Durante las demostraciones, el robot es capaz de realizar microexpresiones, como parpadear, mover las cejas e incluso simular una respuesta de ruborización, manteniendo el contacto visual en todo momento.
Impacto en la industria y el entretenimiento
La introducción de estos robots en la cultura popular marca un cambio en cómo las personas perciben la automatización. Mientras que los modelos anteriores solían ser percibidos como máquinas rígidas y extrañas, los nuevos humanoides demuestran un ritmo y una fluidez que se asemejan mucho a los movimientos de una persona. En el caso de los robots de Unitree, su capacidad para seguir coreografías complejas de forma sincronizada sorprendió incluso a jueces habitualmente críticos como Simon Cowell, quien describió la actuación como brillante.
Las implicaciones para las empresas y los usuarios finales son diversas. Moya, por ejemplo, cuenta con una batería que ofrece una autonomía de aproximadamente seis horas por cada carga, lo que permitiría cubrir un turno de trabajo parcial en tareas de acompañamiento o asistencia especializada. No obstante, el acceso a esta tecnología tendrá un coste elevado inicialmente. Se estima que el precio de salida será de aproximadamente 173.000 dólares, posicionándolo como un producto premium para aplicaciones específicas.
Existen varios factores que diferencian estos modelos de la competencia internacional:
- El peso reducido de 32 kg facilita su integración en entornos donde la seguridad es prioritaria, evitando los riesgos de máquinas más pesadas.
- La integración de inteligencia artificial avanzada permite una interacción social más profunda que la simple ejecución de comandos de voz pregrabados.
- La agilidad demostrada por los modelos G1 de Unitree abre la puerta a su uso en el sector del entretenimiento, las artes escénicas y el servicio al cliente.
Contexto político y comercial de la robótica china
El avance de la robótica china no está exento de obstáculos externos. Aunque el público de la televisión ha mostrado una gran aceptación, los legisladores estadounidenses miran estos robots con recelo: en Washington se estudian medidas para restringir ciertos humanoides de origen chino por motivos de seguridad nacional. El temor de fondo no es el baile, sino los datos, es decir, máquinas con cámaras y sensores que cartografían hogares y oficinas, su posible uso dual y la dependencia de una cadena de suministro controlada por Pekín.
Y ahí está, probablemente, la clave de por qué se habla de que «China impulsa» la robótica: más que el espectáculo, lo que inquieta es el coste y la escala. Unitree ya fabrica y vende el G1 por unos 16.000 a 19.000 dólares, una fracción de lo que cuestan los humanoides occidentales, muchos de ellos todavía en fase de prototipo. La ventaja china no está tanto en tener el robot más avanzado como en poder producir humanoides ágiles, baratos y en serie. Pero abaratar el cuerpo es solo la mitad de la ecuación: la otra es el cerebro, donde también se acumulan avances como el codificador ligero de Naver, que permite a robots pequeños ver y procesar sin equipos pesados. Si ambas piezas encajan, el efecto sobre el empleo puede ser enorme, hasta el punto de que hay quien calcula la hora de trabajo robotizado en torno a dos dólares.
Conviene, en todo caso, separar el espectáculo de la utilidad. Una coreografía sincronizada o una piel a temperatura humana son demostraciones pensadas para hacerse virales, pero el problema difícil, que un humanoide haga trabajo autónomo y útil en un entorno real y desordenado, sigue sin resolverse. Y los robots de compañía con aspecto humano abren preguntas que no son técnicas: la dependencia emocional, el rechazo del valle inquietante y, otra vez, qué se hace con todo lo que esas máquinas ven y oyen dentro de casa.
Detrás de estos proyectos se encuentran empresas que están liderando la carrera por comercializar humanoides ágiles y funcionales. En el caso de Moya, la compañía espera que las reservas se abran en el cuarto trimestre de 2026, con un primer lote muy limitado de tan solo 50 unidades. Por su parte, la firma Unitree Robotics ya ha demostrado que sus modelos son capaces de realizar tareas coordinadas de alta dificultad junto a humanos, como se vio en la actuación junto al bailarín Wu Yufei, conocido como Flying Bug.
La popularidad de programas como America’s Got Talent, que alcanza una media de casi 6 millones de espectadores por episodio, actúa como una plataforma de validación para estas máquinas ante el gran público. La coreografía ejecutada por los ocho robots, a quienes el equipo dio nombres como Jackie en honor a figuras de las artes marciales, muestra hasta qué punto han mejorado la sincronización y el control de movimiento en directo.
¿Qué significa esto para el futuro?
La llegada de robots como Moya y los modelos de Unitree sugiere un futuro donde las máquinas no solo realizarán tareas repetitivas, sino que también podrán ocupar espacios de interacción social y emocional. La combinación de una mecánica fluida, inteligencia artificial conversacional y una estética cuidada busca eliminar la barrera psicológica que suele existir entre humanos y robots. Es previsible que veamos una evolución hacia dispositivos más ligeros, eficientes y, sobre todo, más fáciles de integrar en la vida diaria de las personas. Ese salto al día a día abrirá también debates de gobernanza, desde las restricciones que estudia Washington hasta iniciativas como el «DNI» para robots que ya ensaya China.
Aunque los retos políticos y los altos costes de fabricación siguen siendo barreras importantes para una adopción masiva, la tendencia hacia una robótica más humana parece clara. El éxito de estos prototipos en escenarios internacionales indica que la sociedad está cada vez más preparada para convivir con máquinas que no solo se mueven como nosotros, sino que también pueden llegar a entendernos y responder con una calidez física antes impensable en un objeto de silicona y metal.

