En septiembre, el CEO de Broadcom, Hock Tan, anunció que la empresa había cerrado un contrato gigantesco por valor de 10.000 millones de dólares en chips personalizados de IA, un acuerdo tan importante que obligó a revisar las previsiones financieras de la compañía para 2025. La magnitud del pedido llevó a muchos analistas a asumir que el cliente era OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT y una de las principales compradoras de hardware de cómputo del mundo. Sin embargo, la hipótesis se vino abajo tras la declaración pública de Kawwas.
“Me encantaría recibir una orden de compra de 10.000 millones de mi buen amigo Greg”, bromeó Kawwas, refiriéndose a Greg Brockman, presidente de OpenAI. “Todavía no me la ha dado”, añadió, confirmando así que la compañía de Sam Altman no está detrás del contrato.
Un misterio de escala geopolítica
La revelación ha generado inquietud en el sector tecnológico. En palabras del propio Kawwas, los chips de IA son las nuevas armas estratégicas: su control define quién puede liderar la siguiente revolución industrial. A diferencia del uranio enriquecido, estas “armas” viajan discretamente en contenedores comerciales y pueden ser compradas por corporaciones, fondos o gobiernos.
Una entidad con 10.000 millones de dólares disponibles para semiconductores personalizados está construyendo una capacidad de cómputo a una escala sin precedentes, suficiente para competir con los gigantes de Silicon Valley o incluso con gobiernos enteros. El problema es que nadie sabe quién es.
Quién podría estar detrás
Los principales sospechosos han sido rápidamente descartados. Meta y Google ya son clientes conocidos de Broadcom; Amazon desarrolla sus propios chips a través de AWS; y Microsoft, a pesar de su alianza con OpenAI, invierte de forma indirecta en hardware. Esto deja abiertas otras posibilidades más inquietantes:
- Fondos soberanos del Golfo Pérsico, con ambiciones tecnológicas y acceso a capital casi ilimitado.
- Agencias gubernamentales de Estados Unidos, como la NSA, que podrían estar desarrollando proyectos clasificados.
- Inversores chinos operando a través de intermediarios para esquivar las restricciones de exportación.
- Y, aunque improbable, Apple, que podría estar preparando una entrada discreta en la carrera de la inteligencia artificial.
El analista Mark Gurman no ha detectado movimientos recientes que apunten a un proyecto de IA de esa magnitud en Cupertino, lo que descarta de momento a la compañía del iPhone.
Broadcom y la fiebre de la IA
El contrato llega en un momento dorado para Broadcom. Sus acciones han subido más de un 53% en lo que va de 2025, tras duplicarse ya durante 2024. La empresa se ha consolidado como la “otra NVIDIA”, un proveedor esencial de chips para la infraestructura de inteligencia artificial que sostiene a empresas como Google, Meta o OpenAI.
El interés global por la computación de IA ha disparado los precios de chips avanzados y ha convertido cada nuevo contrato en un acontecimiento bursátil. En este caso, sin embargo, la falta de transparencia sobre quién está detrás del pedido añade una dimensión estratégica y geopolítica.
La carrera del poder computacional
OpenAI ha anunciado recientemente acuerdos para disponer de 33 gigavatios de capacidad computacional a través de NVIDIA, AMD y la propia Broadcom, una inversión que podría superar los 1,6 billones de dólares en infraestructura. Pero al menos, en ese caso, se conoce la fuente y el destino del dinero.
El problema de este nuevo contrato es distinto: cuando 10.000 millones de dólares en tecnología crítica cambian de manos sin identificación, no solo se trata de un misterio corporativo, sino de una cuestión de seguridad global. En la era de la inteligencia artificial, la capacidad de entrenamiento equivale al poder geopolítico.
Un futuro opaco
La compra anónima de chips no es un hecho aislado. Las inversiones en infraestructura de IA se han vuelto cada vez más secretas, con empresas que tratan sus estrategias de hardware como información clasificada. La opacidad responde tanto a la competencia comercial como al riesgo de regulación o sanciones internacionales.
La posibilidad de que un actor desconocido (público o privado) esté levantando una red de centros de datos a escala masiva sin escrutinio público ni trazabilidad ha encendido las alarmas en el sector. La próxima gran revolución tecnológica podría estar desarrollándose fuera del radar, en silencio, mientras el resto del mundo intenta adivinar quién ha comprado 10.000 millones de dólares en poder computacional.

