Las gafas inteligentes de Meta se venden a buen ritmo y, al mismo tiempo, se han ganado un rechazo social intenso. El fabricante Ray-Ban, EssilorLuxottica, dice haber vendido más de siete millones de gafas con IA en 2025, el triple que el año anterior, sumando la línea Ray-Ban y la Oakley. Lo que para Meta es un asistente que llevas puesto, para muchos es una cámara que nadie ha pedido que le apunte.
Para qué sirven
La propuesta es meter la inteligencia artificial en el campo de visión: traducir una conversación en tiempo real, describir lo que tienes delante, grabar sin sacar el móvil. En su lado más amable, Meta las donó a 130.000 veteranos ciegos de EE. UU. como herramienta de accesibilidad. Es la cara que la compañía quiere enseñar, y la que explica que se vendan.
También ha tirado de famosos: Kylie Jenner protagoniza la campaña de la línea propia de Meta, distinta de las Ray-Ban. Las gafas llevan ya un par de años en el mercado.
El apodo que no se quita
El problema es la otra cara. En redes, el producto ha pasado a conocerse como las «gafas de pervertido», por los vídeos de gente grabando a desconocidos, sobre todo a mujeres, sin su permiso para colgarlos después. El colectivo Everyone Hates Elon intervino anuncios de la campaña de Jenner en Londres con la frase «We’re always watching» («siempre estamos mirando») y acusó a las gafas de facilitar el acoso.
La presión ha obligado a mover ficha a la propia casa. Adam Mosseri, jefe de Instagram, anunció que la red retirará los vídeos que graben y acosen a desconocidos, y desactivó un par de cuentas de «seductores» con más de un millón de seguidores cada una.
Detrás del malestar hay un argumento de fondo. Joseph O’Hagan, investigador de la Universidad de Glasgow, estudia justamente esa asimetría: quien lleva las gafas gana algo (no tener que sacar el teléfono), mientras el resto de la gente pierde privacidad sin recibir nada a cambio. Ese desequilibrio es el que alimenta el recelo.
Lo que Zuckerberg tiene en la cabeza
El empeño de Meta no es un capricho de producto. En la presentación de resultados de julio, Mark Zuckerberg pronosticó que en cinco años miles de millones de personas tendrán un agente personal de IA que entienda sus objetivos y trabaje para ellas a todas horas. Y para que ese asistente funcione, defiende, tiene que ver y oír lo mismo que su dueño: de ahí las gafas.
Un año antes, al presentar su idea de «superinteligencia personal», llegó a decir que quien no lleve gafas con IA quedará «en desventaja cognitiva» frente a quien sí las lleve. Es la apuesta con la que Meta se lo juega todo, y explica por qué insiste pese al rechazo.
Los datos ya se han escapado
La gestión de lo que captan estas gafas ya ha dado un escándalo. Una investigación de los diarios suecos Svenska Dagbladet y Göteborgs-Posten reveló que material grabado por los dispositivos acabó siendo revisado por trabajadores de la empresa Sama en Nairobi (Kenia), que dijeron haber visto desde personas desnudas o en el baño hasta datos de tarjetas bancarias captados sin querer.
Meta rescindió el contrato con esa contratista, y el caso arrastra una demanda y la apertura de investigaciones por parte de la autoridad británica de protección de datos y de la keniana. En paralelo, la compañía dice reforzar la seguridad, mientras hay usuarios que venden y compran trucos para anular el led que avisa de que se está grabando; Meta responde desactivando la cámara si detecta que se ha manipulado esa luz.
El pulso está lejos de resolverse. Las gafas se venden más cada año y, a la vez, un dispositivo pensado para pasar desapercibido choca de frente con la norma social de no grabar a nadie sin permiso.

