La teoría del Internet muerto sostiene algo que, dicho en voz alta, suena a delirio: que internet, tal y como lo conocíamos, ha muerto, y que la mayor parte de lo que leemos, vemos y compartimos ya no lo produce ni lo consume gente real, sino máquinas hablando con otras máquinas. La versión dura añade un culpable: gobiernos y grandes corporaciones habrían vaciado la red de humanos a propósito, para manipular mejor a los pocos que quedamos. Es fácil descartarla como una conspiración más. Y, sin embargo, si se le quita la parte paranoica, queda un diagnóstico inquietantemente certero.
Una intuición nacida en los márgenes
La idea cristalizó en enero de 2021, en un foro pequeño y excéntrico, Agora Road’s Macintosh Cafe, en un hilo titulado «Dead Internet Theory: Most Of The Internet Is Fake», firmado por un usuario anónimo apodado IlluminatiPirate. Bebía de discusiones previas en imageboards como Wizardchan. Habría quedado en folclore digital de no ser porque ese mismo año la periodista Kaitlyn Tiffany lo rescató en un artículo de The Atlantic y calificó aquel post de «texto fundacional» de la teoría. Lo que Tiffany detectó no era tanto una prueba como un estado de ánimo: la sensación creciente, difusa y compartida, de que la red se había vuelto un lugar repetitivo, sin nadie de verdad al otro lado.
El dato detrás de la leyenda
Conviene separar el grano de la paja. No hay ningún plan secreto, porque no hace falta: lo que la teoría llama «muerte» es el resultado de una lógica económica perfectamente visible. Y los números acompañan. Según el informe anual de Imperva sobre tráfico automatizado, en 2024 el tráfico no humano superó al humano por primera vez en una década y se quedó con más de la mitad de toda la actividad de la web. A eso se suma la marea de contenido sintético: textos producidos en serie para posicionar en buscadores, imágenes fabricadas para arañar clics, comentarios escritos por bots para simular conversación. Es el fenómeno que ya conocemos como morralla generada por IA. No miente; simplemente ocupa espacio. La red no está vacía: está llena de algo que no es nadie.
Baudrillard lo vio cuarenta años antes
Para entender qué significa esa plenitud sin nadie hay que retroceder a un filósofo francés que no llegó a ver internet pero que lo describió mejor que casi cualquiera. En 1981, Jean Baudrillard publicó Cultura y simulacro, donde formuló su idea más célebre: la del simulacro y la hiperrealidad. La imagen, decía, atraviesa cuatro fases. Primero refleja una realidad. Luego la enmascara y la deforma. Después enmascara la ausencia de realidad. Y al final ya no guarda relación con realidad alguna: es su propio simulacro puro, un signo que solo remite a otros signos. A ese estadio lo llamó hiperrealidad, un mundo de copias sin original, «más real que lo real», donde el mapa precede al territorio en lugar de representarlo.
La teoría del Internet muerto es, leída así, la confirmación literal de Baudrillard. La red contemporánea es contenido que se alimenta de contenido. Un artículo generado por IA resume otros artículos generados por IA. Una imagen sintética entrena al modelo que producirá la siguiente imagen sintética. El referente, la experiencia humana que en teoría todo esto debía representar, se ha esfumado por el camino. Y no hay engaño, porque ya no queda original que falsificar. Internet no ha muerto: se ha vuelto hiperreal.
El espectáculo que ya no necesita espectadores
Hay una genealogía anterior. En 1967, Guy Debord abría La sociedad del espectáculo con una tesis que hoy se lee como profecía: el espectáculo, escribía, no es un conjunto de imágenes, sino «una relación social entre personas mediatizada por imágenes». Debord pensaba en la televisión y la publicidad, pero el mecanismo es el mismo, solo que perfeccionado. Las plataformas convirtieron cada relación humana en una métrica, cada gesto en dato, cada conversación en contenido. El paso final, el que Debord no llegó a imaginar, es que el espectáculo ya ni siquiera necesita público: bots que generan publicaciones para que otros bots las midan, aprobaciones automatizadas sobre textos automatizados. Un espectáculo que se representa a sí mismo en una sala vacía.
El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han ha actualizado ese diagnóstico para la era digital. En libros como En el enjambre o Infocracia describe una sociedad saturada de información y huérfana de verdad, donde el exceso de datos no genera conocimiento sino ruido, y donde se disuelve el relato que daba sentido a las cosas. Su noción de «no-cosas» apunta justo aquí: vivimos rodeados de informaciones sin peso ni referente, fantasmas que circulan a toda velocidad sin tocar nunca lo real. El internet muerto es ese enjambre llevado a su conclusión: información pura, sin emisor humano y, en el fondo, sin destinatario.
La IA cierra el círculo
La inteligencia artificial generativa no inaugura este proceso, pero lo acelera hasta el vértigo y amenaza con cerrarlo sobre sí mismo. Cuando los modelos se entrenan con datos extraídos de una red ya saturada de su propia producción, empiezan a alimentarse de su propio reflejo. Los investigadores tienen un nombre para lo que ocurre entonces, el «colapso del modelo» (model collapse): la calidad se degrada generación tras generación, como una fotocopia de una fotocopia, hasta convertirse en una caricatura empobrecida de sí misma. Algunos lo han bautizado, con humor negro, «IA Habsburgo», por las dinastías que se extinguieron de tanto emparentarse consigo mismas. Es el ouroboros perfecto: la serpiente que se muerde la cola y, al hacerlo, deja de distinguir lo real de lo sintético.
Una conspiración falsa, un síntoma verdadero
Conviene ser justos con la teoría. Como conspiración, es falsa: nadie ha apagado internet desde un despacho. Pero como síntoma, acierta de pleno. Capturó, en forma de leyenda paranoica, una intuición que los datos y la filosofía confirman por separado: que hemos construido un espacio que se sostiene sin nosotros, que produce sentido sin experiencia y conversación sin interlocutor. La pregunta de fondo no es si internet está muerto, sino para qué lo queríamos vivo. Lo que de verdad echamos de menos cuando hablamos de «internet muerto» no es el tráfico humano, sino el referente: la idea de que al otro lado había alguien, y de que lo que circulaba remitía a algo realmente vivido. Defender ese resto humano frente al simulacro quizá sea la tarea cultural más urgente de los próximos años. Baudrillard, que era pesimista, diría que ya es tarde. Pero Baudrillard tampoco llegó a vernos, todavía, haciéndonos la pregunta.
La fotografía de representación de este artículo pertenece a Ludovic Toinel y ha sido publicada en Unsplash

