Le describes a la máquina lo que quieres, ella escribe el código y tú lo aceptas sin leerlo. Si funciona, pasas a lo siguiente. Esa forma de programar tiene nombre desde febrero de 2025, cuando el investigador Andrej Karpathy la bautizó como vibe coding: rendirse del todo a las sensaciones y olvidar que el código siquiera existe. El término corrió tan rápido que Collins lo eligió palabra del año en 2025.
Aquí ya advertimos de lo que ocurre cuando la velocidad supera a la prudencia y el código generado arrastra problemas de seguridad. Pero hay una inquietud más callada que la de los fallos.
Ese código que la máquina escribe no sale de la nada. Salió de millones de repositorios ajenos. Y eso abre una pregunta incómoda: ¿el vibe coding atenta contra los derechos de autor? ¿Puede un programa tener dueño, o es solo lenguaje, lógica, matemática sin firma posible?
La máquina no crea de la nada
Conviene empezar por cómo genera la IA lo que genera. Un modelo no consulta una base de datos ni copia y pega. Predice el siguiente fragmento a partir de regularidades aprendidas sobre cantidades enormes de material. Para escribir código, ese material son sobre todo los repositorios públicos del mundo.
El mecanismo es el mismo para el texto, la imagen, el vídeo y la voz. Y en cada uno de esos frentes hay ya una batalla legal abierta.
En el texto, The New York Times demanda a OpenAI, y en abril de 2025 un juez dejó vivas la mayor parte de sus reclamaciones. En Alemania, un tribunal ya condenó a OpenAI por usar letras de canciones. Y en España los guionistas exigen cobrar por el entrenamiento, mientras los autores musicales cifran en cientos de millones lo que está en juego.
En la imagen, la agencia Getty llevó a Stability AI a los tribunales británicos. En noviembre de 2025 la High Court falló a favor de Stability, aunque por un motivo casi de procedimiento: Getty no logró probar que el entrenamiento ocurriera en suelo británico, así que el fondo del asunto sigue sin resolverse.
Y en la voz, los actores que demandaron a la empresa Lovo por clonar su timbre, o la retirada por OpenAI de una voz que recordaba demasiado a Scarlett Johansson. En España el debate alcanza ya a los actores de doblaje e incluso a las voces infantiles.
¿Tiene autor el código?
Llevemos todo esto al terreno donde el vibe coding vive. Lo primero que sorprende es que la respuesta jurídica es nítida: sí, un programa tiene autor. El software se protege como una obra literaria, igual que una novela. En España lo dice el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, que dedica un título entero a los programas de ordenador.
Por eso el primer gran pleito del código generado no fue por el resultado, sino por la procedencia. Un grupo de programadores demandó a GitHub y a OpenAI por su asistente Copilot, alegando que reproducía fragmentos de proyectos abiertos sin respetar su licencia ni su atribución. En 2024 un juez tumbó las reclamaciones basadas en la retirada de esa información, aunque el caso sigue vivo por la vía del incumplimiento de las licencias.
El asunto no es marginal. La propia Anthropic reconoce que el 80% de su código ya lo escribe su IA. Si la máquina programa casi sola, la pregunta por el origen de lo que escribe deja de ser teórica.
La frontera entre la idea y la expresión
Aquí entra el concepto que ordena todo el debate, y que el derecho lleva afinando desde el siglo XIX. El copyright nunca ha protegido las ideas, solo la forma concreta de expresarlas. La distinción nace de un caso de 1879, Baker contra Selden, en el que el Supremo de Estados Unidos dictaminó que un libro sobre un sistema de contabilidad no daba a su autor el monopolio del sistema, solo de las palabras con que lo explicaba.
Cualquiera podía usar el método; nadie podía copiar su redacción. Esa dicotomía entre idea y expresión es la llave para entender por qué el código resulta tan resbaladizo. Porque un programa es las dos cosas a la vez: un texto que se lee y una máquina que funciona.
Una escalera hacia lo que nadie puede poseer
Si bajamos por las capas del software, encontramos una escalera en la que cada peldaño es menos poseíble que el anterior.
Arriba está el código fuente concreto, esas líneas exactas que un programador escribió. Eso sí es expresión, y tiene autor.
Un peldaño más abajo está el algoritmo, la manera de resolver el problema. Eso ya es idea, no expresión, y el copyright no lo alcanza. A lo sumo cae en el terreno de las patentes, y ni siquiera siempre: el Supremo estadounidense resolvió en Alice contra CLS Bank que una idea abstracta no se vuelve patentable por el mero hecho de programarla en un ordenador.
Más abajo aún está el lenguaje de programación y sus interfaces. En 2021, tras una década de pleito, el Supremo dio la razón a Google frente a Oracle: reutilizar las instrucciones que permiten a un programa hablar con la API de Java fue un uso legítimo. Las piezas funcionales, las que sirven para que las cosas encajen, apenas se dejan poseer. Antes, los tribunales ya habían considerado que los menús de un programa eran un método de operación, no una obra.
Y en el último escalón están las fórmulas matemáticas. Esas no se inventan, se descubren, y nadie puede ser dueño de un hecho del universo. El principio lo fijó otra sentencia clásica, Feist contra Rural: los datos y los hechos, por mucho trabajo que cueste reunirlos, no tienen copyright porque no nacen de un acto de creación.
Visto así, buena parte de lo que la IA reaprovecha cuando programa, los patrones, los métodos, la forma idiomática de resolver un problema, vive en los peldaños bajos de esa escalera, donde la propiedad se diluye. Reutilizar una idea no es plagiar una obra. Es, de hecho, lo que el derecho de autor siempre ha permitido.
El viejo sueño del autor
Y sin embargo la inquietud no se va. Conviene preguntarse de dónde viene nuestra idea misma de que las cosas tienen dueño. El filósofo John Locke ofreció hace tres siglos la respuesta más influyente: uno se apropia de algo cuando mezcla su trabajo con ello. La madera del bosque común es de quien la tala.
Pero, ¿quién mezcló su trabajo en el código que escupe un modelo? No el usuario, que solo describió un deseo. No la máquina, que no es sujeto de derechos. El trabajo está, disperso y diluido, en los miles de programadores anónimos cuyos repositorios alimentaron el sistema. La cadena entre el esfuerzo y la propiedad, que Locke daba por evidente, se rompe.
Hay aquí una ironía que la teoría literaria vio venir hace medio siglo. Roland Barthes proclamó en 1967 la muerte del autor, y Michel Foucault habló de la función autor como una construcción histórica, no como un hecho natural. El sentido de un texto, decían, no vive en quien lo firma. La IA generativa lleva esa idea hasta su extremo literal: textos sin autor, código sin firma.
El mejor espejo de todo esto lo escribió Borges mucho antes de que existiera un ordenador. En Pierre Menard, autor del Quijote, un escritor del siglo XX redacta, palabra por palabra, unas páginas idénticas a las de Cervantes. El texto es el mismo; el autor, el sentido y la época son otros. Si dos obras idénticas pueden tener autorías distintas, quizá la firma nunca estuvo en las palabras, sino en quién las puso ahí y por qué.
El código generado plantea el problema de Pierre Menard a escala industrial.
La paradoja del procomún
Hay una vuelta de tuerca más, y es casi cruel. Buena parte del código con el que se entrenaron estos modelos no era secreto: era libre. Lo habían liberado, deliberadamente, programadores que creían en compartir.
Esa cultura tiene un padre, Richard Stallman, y una herramienta jurídica ingeniosa, el copyleft: licencias que usan el propio derecho de autor para obligar a que lo derivado siga siendo libre. La idea era que el bien común se protegiera a sí mismo.
El problema es que la IA puede saltarse esa condición. Si un modelo aprende de código bajo copyleft y luego sugiere algo parecido sin arrastrar la licencia, el mecanismo que garantizaba la libertad se evapora. El jurista Lawrence Lessig resumió hace años que, en lo digital, el código es ley: las reglas las fija quien escribe el sistema. Y cuando ese sistema deja de respetar las licencias, la ley del procomún se queda sin quien la haga cumplir.
No es casualidad que las grandes tecnológicas hayan aprendido a usar el código abierto como estrategia. Lo que empezó como un movimiento ético se ha vuelto, también, una palanca de mercado.
¿Y las matemáticas?
Queda el escalón más profundo, el que sostiene todo lo demás. Si rascamos por debajo del algoritmo, llegamos a las matemáticas, y ahí la idea de propiedad se vuelve casi absurda.
El matemático G. H. Hardy defendió que las matemáticas se descubren, no se inventan: el teorema existía antes que nosotros y existirá después. Nadie reclama derechos sobre el de Pitágoras. Y como en el fondo todo programa es una larga cadena de operaciones lógicas, hay quien sospecha que el código entero hereda algo de esa imposibilidad de ser poseído.
No es tan sencillo, claro. Wittgenstein mostró que un lenguaje no es solo lógica, sino un juego con reglas compartidas, una práctica humana. Programar también lo es. Por eso el código se queda a medio camino: demasiado funcional para ser solo arte, demasiado expresivo para ser solo matemática.
Dos tradiciones, dos respuestas
Nada de esto se decide igual a un lado y otro del Atlántico, y para un lector español la diferencia importa. El mundo anglosajón razona en términos de copyright y de uso legítimo, una balanza pragmática. La tradición continental, la nuestra, parte de los derechos morales del autor, que se consideran irrenunciables: el vínculo entre el creador y su obra no se vende del todo aunque se vendan los derechos de explotación.
Europa ha intentado traducir eso a la era de la IA. La directiva de 2019 sobre derechos de autor permite la minería de textos y datos, pero deja que los autores se reserven expresamente sus obras. Y el reglamento europeo de IA obliga a los grandes modelos a respetar esa reserva y a publicar un resumen de con qué se entrenaron. La tensión entre la voz cedida y el oficio protegido ya asoma en el estatuto del artista que se debate en España.
Entonces, ¿atenta o no?
Volvamos a la pregunta del principio. En lo estrictamente legal, el vibe coding rara vez atenta por sí mismo contra los derechos de autor, porque reutilizar un método, una idea o una forma idiomática de resolver un problema es justo lo que la ley permite. El riesgo aparece en los bordes: cuando el modelo reproduce, casi calcado, un fragmento original y protegido. Ahí no hay inspiración, hay copia.
Pero la inquietud de fondo no es jurídica. Es sobre la autoría, sobre el oficio, sobre saber de dónde viene lo que firmamos. No es casual que algunos programadores sientan una extraña ansiedad al entregar código que no terminan de entender. Aceptar sin leer es cómodo, pero deja al autor sin saber qué está autorizando.
Quizá la pregunta correcta no sea si el código puede tener dueño, sino si seguimos queriendo ser dueños de lo que hacemos. El vibe coding nos invita a soltar las riendas. Y al soltarlas, descubrimos que la autoría nunca fue solo un derecho: era también una forma de responsabilidad.

