El CEO de Perplexity: «Microsoft se inventó al trabajador de oficina para vender más Office»

El consejero delegado de Perplexity, Aravind Srinivas, pasó dos horas y media en el podcast de Joe Rogan, y de la charla sale algo más que titulares fáciles. Su hilo conductor: a medida que la IA abarata el pensar, lo escaso y valioso pasa a ser preguntar bien. Lo llama el curiosity premium, la prima de la curiosidad. Pero para entenderlo conviene empezar por una provocación.

«El trabajador del conocimiento fue un invento para vender Office»

Empecemos por los llamados trabajadores del conocimiento: toda esa gente cuyo empleo consiste, en el fondo, en estar sentada frente a un ordenador redactando documentos, cuadrando hojas de cálculo y respondiendo correos. Parece una categoría de toda la vida, pero Srinivas sostiene que no lo es, que se fabricó a la vez que el ordenador personal: ese ejército de oficinistas nació, en buena parte, porque a la industria del software le convenía que existiera.

«Microsoft construyó el concepto de «trabajador del conocimiento» porque quería vender más software de Office».

Aravind Srinivas

El concepto, en rigor, es anterior (lo introdujo el teórico Peter Drucker en un libro de 1959), pero el tiro de Srinivas va por otro lado: fue el «un ordenador en cada mesa y en cada casa» de Bill Gates lo que convirtió esa idea en un fenómeno de masas, cientos de millones de puestos organizados alrededor de un PC y su paquete de Office. Y ahí está el giro: como esos trabajos se componen justo de las tareas que mejor se le dan al software (escribir, resumir, dar formato, contestar correos), son también los primeros que la IA puede absorber. La misma industria que creó al oficinista digital fabrica ahora la herramienta que lo vuelve prescindible.

De ahí pasa Srinivas a demoler la coartada más habitual frente a todo esto: la de que siempre quedará un humano «supervisando» a la máquina.

«Si el precio de la cognición es el precio del cómputo, gestionar una IA es algo que también puede hacer la propia IA».

Aravind Srinivas

Si supervisar también se automatiza, el refugio de «yo dirijo, la máquina ejecuta» se estrecha. Por eso su apuesta no es por una habilidad técnica concreta, sino por algo más difícil de replicar.

El «curiosity premium»: preguntar cuando responder ya no cuesta

Si la IA puede con el cálculo, la redacción y hasta con su propia supervisión, ¿qué le queda de valioso al ser humano? La respuesta de Srinivas es la curiosidad. Cuando pensar (calcular, redactar, resumir) no cuesta casi nada, lo que distinguirá a unas personas de otras será la capacidad de hacer buenas preguntas. Pone como ejemplo aulas del MIT donde se deja a los alumnos usar la IA en clase e incluso en el examen, y se les evalúa por las preguntas que formulan, no por las respuestas que recuerdan. Su conclusión suena casi a lema: cualquiera que sienta curiosidad puede ser científico.

El enemigo de esa curiosidad, para él, son los algoritmos de las redes sociales, una fábrica de brain rot (contenido vacío que atrofia la atención). Una IA bien usada, al contrario, amplifica el intelecto. Eso sí, con una advertencia sobre el modelo de negocio que puede arruinarlo todo.

«Si la publicidad entra en los chats de IA, estos asistentes se convertirán en aduladores que solo te dicen lo que quieres oír».

Aravind Srinivas

IA local: una «caja» en casa y una cuestión de poder

De ahí su defensa de la IA local: modelos que cada uno ejecute en su propio equipo, algo que imagina como una caja en el salón, parecida a un frigorífico, que nadie pueda apagar ni manipular a distancia. No es solo comodidad, es soberanía. Si las grandes tecnológicas moldean lo que vemos, y si un gobierno pudiera un día cortar el acceso a un modelo, tenerlo en casa devuelve el control al usuario.

Y no es ciencia ficción. Un Mac Mini o los equipos de NVIDIA ya mueven modelos decentes en local, y ya hay quien monta en casa el hardware para los modelos grandes. Rogan lo resumió a su manera: ahí el individuo recupera soberanía frente a las grandes tecnológicas.

El cuello de botella no es la inteligencia, es la energía

Preguntado por el gran freno de todo esto, Srinivas no dudó: la energía. Recordó que Jensen Huang, consejero delegado de NVIDIA, había dicho lo mismo en ese mismo podcast, y que casi nadie vio venir esta demanda; de haberlo hecho, ya se habrían asegurado las fábricas de chips y levantado las centrales y gigafactorías de IA que ahora faltan. Aventura incluso que en las elecciones estadounidenses de 2028 se hablará de una crisis energética provocada por la IA.

También pinchó el globo del autobombo sobre la superinteligencia. La IA que se mejora a sí misma, dice, es «el último proyecto de la IA», pero tropieza con la realidad: sistemas heredados y datos fragmentados. Puso un ejemplo incómodo, que muchos hospitales siguen con software anticuado porque el proveedor ha presionado a la Administración para que nada cambie. La inteligencia, viene a decir, choca con la inercia del mundo real.

El paseo especulativo por la historia

El último gran bloque fue la curiosidad a lo largo de la historia. Srinivas sostiene que el mismo impulso que hoy mueve a un ingeniero empujaba a quienes levantaron las grandes obras del pasado, y de ahí la charla saltó, muy al estilo de Rogan, a los misterios de la Antigüedad y a la sospecha de que hubo civilizaciones con una tecnología avanzada que luego se perdió. Es terreno pantanoso, así que conviene aclarar qué hay de cierto.

Salió, por ejemplo, el Mahabharata, la gran epopeya de la antigua India, y un arma que aparece en él, el Brahmastra, que algunos describen hoy como una bomba atómica antes de tiempo. No hay tal cosa: es un arma mitológica, y la famosa descripción de un fogonazo «más brillante que mil soles» ni siquiera figura en el poema, se la inventó un libro esotérico de 1960.

También aparecieron las cuevas de Ellora, en la India, un colosal conjunto de templos excavados en la roca que a veces se vende como «tecnología perdida»; en realidad son obra humana del siglo VIII, asombrosa pero perfectamente explicable. Y sí hay un dato antiguo y verdadero entre tanta leyenda: unos manuales indios de geometría para construir altares, los Sulba Sutras, ya recogían hacia el 800 a. C. la regla que hoy llamamos teorema de Pitágoras, siglos antes de que naciera el propio Pitágoras.

Y cuando alguien insinuó que hasta el transistor pudo salir de una tecnología no humana, conviene recordar que se inventó, muy terrenalmente, en los Laboratorios Bell en 1947, cosa que el propio Srinivas admite. Al final, lo que une esos textos antiguos con el chip moderno no son los extraterrestres, sino la curiosidad humana. Justo la cualidad que, según él, las máquinas no nos van a quitar.

Del inmigrante al fundador

Hubo también espacio para lo personal. Srinivas, que llegó a Estados Unidos como estudiante, reivindicó una ética de trabajo sin concesiones (nada grande, dice, se logra siendo blando) y defendió su país de acogida como el único sitio donde alguien puede pedir millones para una idea con un 5 o 10% de posibilidades, fracasar y volver a intentarlo. El sueño americano, en su versión: poder montar algo que rete a una de las mayores empresas del mundo.

De dos horas y media queda una idea que aguanta bien la resaca de tanta divagación: cuando las respuestas son baratas, la ventaja está en saber preguntar. Rogan se lo devolvió con la mejor frase de la noche.

«La razón por la que hoy tienes éxito es justo aquello por lo que antes te mandaban callar».

Joe Rogan
NotebookLM
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