«La IA física ya no es un futuro que haya que esperar». Lo dijo Huang Kun, vicepresidente para Asia-Pacífico de AgiBot, en un foro económico organizado por el medio tailandés The Standard, que publicó su intervención el 6 de noviembre. Habla con conocimiento de causa: su empresa fue la que más robots humanoides entregó en el mundo en 2025.
Según la consultora Omdia, citada por Bloomberg, AgiBot envió unos 5.168 de los cerca de 13.000 humanoides entregados el año pasado. Detrás iban otras dos chinas, Unitree y UBTech. Tesla y Figure, las grandes apuestas estadounidenses, quedaban muy por detrás en volumen.
Mientras tanto, en EE. UU., la conversación es otra. OpenAI y sus socios anunciaron en enero de 2025 Stargate, un plan para invertir 500.000 millones de dólares en cuatro años en centros de datos con un objetivo declarado: seguir desarrollando la IA «y en particular la AGI», la inteligencia artificial general.
Son dos maneras de entender hacia dónde va la IA. EE. UU. apuesta por el cerebro primero. China, por el cuerpo y la fábrica. La división es más imperfecta de lo que parece, pero ayuda a entender la carrera.
Lo difícil es doblar la ropa
En 1988, en su libro Mind Children, el investigador Hans Moravec escribió algo que otros especialistas de la época, como Marvin Minsky, también señalaron, y que sigue siendo cierto: para una máquina es relativamente fácil hacer lo que a nosotros nos parece difícil, como jugar a las damas o resolver un test de inteligencia, y muy difícil lo que hace sin esfuerzo un niño de un año, como percibir el entorno y moverse por él. Se conoce como la paradoja de Moravec.
Los grandes modelos de lenguaje la han confirmado de forma espectacular. Aprueban exámenes y escriben código, pero todavía no hay un robot capaz de doblar la ropa de cualquier casa con fiabilidad.
De ahí nace la pregunta que separa las dos estrategias. ¿El valor de la IA llegará cuando tengamos una inteligencia general que después se pueda meter en cualquier máquina, o cuando metamos en máquinas la inteligencia que ya tenemos?
La apuesta del cerebro
La respuesta estadounidense es, sobre todo, la primera. Los grandes laboratorios compiten por construir el modelo más capaz, con inversiones gigantescas en centros de datos, convencidos de que una inteligencia lo bastante general acabará resolviendo todo lo demás.
Eso no significa que EE. UU. ignore los robots. Google DeepMind presentó en marzo de 2025 Gemini Robotics, un modelo que parte de Gemini 2.0 y le añade la capacidad de controlar robots, y que según la compañía los acerca a «robots verdaderamente de propósito general». Y un humanoide de Figure ya manipula piezas en la fábrica de BMW en Carolina del Sur.
Pero el orden importa. En ese planteamiento, el robot es una extensión del cerebro: primero se consigue el modelo general y después se le da un cuerpo.
La apuesta del cuerpo y la fábrica
China ha elegido poner el acento en otro sitio. En agosto de 2025, el Consejo de Estado publicó su estrategia «IA+», que busca llevar la IA a todos los sectores, de la industria a los servicios públicos. Fija como objetivo que la adopción de terminales inteligentes de nueva generación, como móviles, coches o robots, y de agentes inteligentes supere el 70 % en 2027 y el 90 % en 2030, según la traducción del centro CSET de la Universidad de Georgetown.
El XV Plan Quinquenal, aprobado en marzo de 2026 por la Asamblea Popular Nacional, va más allá. Según la Federación Internacional de Robótica, la patronal mundial del sector, sitúa la robótica en el centro del sistema industrial del país y orienta la investigación en IA hacia las aplicaciones físicas.
Detrás hay una ventaja industrial difícil de igualar. En 2024, China instaló 295.000 robots industriales, el 54 % de todos los del mundo, frente a 34.200 en EE. UU., según el informe World Robotics de la misma federación. Y, por primera vez, el 57 % de los robots instalados en China salió de fabricantes chinos, frente a cerca del 28 % de hace una década.
Es la cadena de suministro que Huang Kun citaba en Tailandia como uno de los motores del sector: fabricar a gran escala, más barato y con calidad estable. Y explica que China lleve meses marcando el ritmo de la robótica humanoide.
El ex consejero delegado de Google Eric Schmidt y Selina Xu, que dirige la investigación sobre China y política de IA en su oficina, lo resumieron en el New York Times en agosto de 2025: China está «mucho menos preocupada por crear una IA lo bastante potente como para superar a los humanos» y «mucho más centrada en usar la tecnología que tenemos ahora».
Lo que el esquema no cuenta
La división es útil, pero tiene trampas.
La primera es pensar que China se conforma con modelos pequeños. No es así: DeepSeek, Qwen o Kimi están entre los modelos más competitivos del mundo. Lo que sí ha hecho China es apostar por la eficiencia, en parte porque no tiene alternativa. DeepSeek-V3 se entrenó con 2,788 millones de horas de GPU H800, un chip de Nvidia recortado para cumplir las restricciones de exportación de Washington. La eficiencia china es, en parte, una virtud obligada.
La segunda es hablar de «Asia» como un bloque. Japón y Corea del Sur tienen una tradición robótica propia y otros dilemas, como la huelga en Hyundai por la llegada de humanoides.
La tercera es tomarse al pie de la letra las promesas de los humanoides. El experto en robótica Rodney Brooks, cofundador de iRobot, sostiene en un ensayo de 2025 que faltan más de diez años para el primer despliegue rentable de humanoides, incluso con una destreza mínima. Entre otras cosas, porque aprender de vídeos no basta: falta el tacto, y nadie sabe todavía cómo capturarlo a gran escala.
La propia Federación Internacional de Robótica advierte, en su análisis del plan quinquenal chino, que las capacidades reales de los humanoides en producción se limitan por ahora a demostradores y proyectos piloto, y que no espera su adopción masiva en fábricas ni hogares a corto o medio plazo. Y el vicepresidente de AgiBot calcula que el salto que hará posibles robots capaces de cocinar o lavar la ropa llegará en un plazo de tres a siete años.
Quién tiene razón
Probablemente, las dos apuestas son coberturas frente a futuros distintos.
Si llega una IA general en pocos años, el cerebro mandará y los cuerpos se convertirán en una mercancía. Si el progreso es más gradual, ganará quien antes haya llevado la IA a las fábricas, los almacenes y las tiendas.
Pero hay un detalle que favorece a China en ambos escenarios: incluso el cerebro más brillante necesita un cuerpo, y alguien tiene que fabricarlo. Hoy, la mayoría de los humanoides que salen al mundo se fabrican en China.
Moravec lo intuyó hace casi cuarenta años. Quizá la parte difícil de la inteligencia nunca fue pensar, sino moverse por el mundo. Y esa batalla no se gana solo en los centros de datos.
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