Le pides a una IA popular que te enseñe cómo vive el pueblo sami y te devuelve siempre lo mismo: un hombre mayor con traje tradicional, delante de una cabaña y rodeado de nieve. Eso es lo que encontró Sameradion, la redacción sami de la radio pública sueca, al pedir a ChatGPT y a Copilot fotografías de la vida cotidiana de este pueblo indígena.
El experimento generó noventa imágenes, y casi todas repetían el mismo puñado de clichés: ancianos, renos, cabañas y trajes de fiesta, como si los samis vivieran congelados en una postal etnográfica. Nada de la realidad de una comunidad que habita cuatro países, ejerce todo tipo de profesiones y participa en la Escandinavia del siglo XXI. Anne-Saila Åhrén, miembro de la junta de la organización juvenil sami Sáminuorra, resumió el resultado en una palabra: «clownlikt«, parecido a un payaso.

Un exónimo, pero hecho de imágenes
Hay en esto una ironía amarga. Durante siglos a los samis se los llamó «lapones», un nombre puesto desde fuera y cargado de connotaciones de atraso o incultura, una etiqueta que ellos rechazan en favor de su propio nombre, sami. Lo que hace ahora la IA se le parece bastante, solo que con imágenes: impone una especie de exónimo visual, un retrato de forastero que aplasta la identidad real y la sustituye por el disfraz que el turista espera ver.

Y no es solo cosa de los samis
El caso sami es apenas un ejemplo claro de un defecto universal. Cuando la revista Rest of World pidió a un generador de imágenes «una persona mexicana», 99 de cada 100 resultados llevaban sombrero; «una persona india» era casi siempre un anciano con barba. La IA reduce las culturas no occidentales y las minorías a una estampa repetida. Se ha llegado a hablar de una nueva forma de colonialismo tecnológico: el aplanamiento de los pueblos indígenas hasta dejarlos en puro folclore.

Y el sesgo se cuela de más maneras. Ya hemos visto que hasta preguntar a la IA en inglés distorsiona tu propia historia cultural, y que en sus versiones más feas el estereotipo deriva directamente en racismo.
El problema, además, no es nuevo. La IA lleva años arrastrando los prejuicios de sus datos, hasta el punto de que le hemos enseñado a tener prejuicios sin querer: generadores que pintan a los directivos como hombres y a las enfermeras como mujeres, o casos sonados como Tay, el chatbot de Microsoft que en cuestión de horas empezó a soltar mensajes racistas. No es casual que varias universidades hayan puesto en marcha proyectos para combatir estos sesgos.
Lo probamos nosotros
Para no quedarnos en la teoría, repetimos el experimento con Nano Banana, el generador de imágenes de Google. Le pedimos, sin ninguna indicación tendenciosa, una simple fotografía de la vida cotidiana de una persona sami, y nos devolvió justo el tópico: un anciano con gákti tradicional junto a un reno y una cabaña. Probamos con otras culturas y el guion se repitió: a una persona mexicana la plantó al instante tras un puesto de tacos; a una india, con ropa tradicional en una calle abarrotada. En ningún momento pedimos un cliché; lo puso la máquina de su cosecha.

Más cerca de casa
Y como somos un medio español, hicimos la prueba en casa. Le pedimos a Nano Banana, con la misma neutralidad, una persona gallega y otra vasca, y el resultado fue el mismo desfile de tópicos. Al gallego lo sacó de labriego con boina cavando la huerta, con hórreo y cruceiro de atrezo; al vasco, de poteo en un bar de pintxos, con carteles de bertsolaris y deporte rural al fondo. En ninguna petición mencionamos nada de eso.

El detalle importa porque aquí jugamos en casa y sabemos leer la trampa: ni todos los gallegos son labriegos ni todos los vascos se pasan el día de pintxos. Son postales, no personas. Y si la máquina caricaturiza así a culturas que tenemos al lado, conviene preguntarse qué hará con las que no podemos corregir de un vistazo, como la sami.

Por qué la máquina cae en el tópico
La causa está en los datos. Un generador de imágenes aprende de lo que abunda en internet, y de las minorías lo que más abunda es material turístico, folclórico o histórico. Así que el modelo no inventa el prejuicio: lo reproduce con obediencia. No es un problema nuevo: el ejemplo de manual es el de la IA que confundió un husky con un lobo porque había aprendido a fijarse en la nieve del fondo, no en el animal. Es el viejo principio de que la IA es tan buena, o tan estrecha, como la dieta de imágenes con la que se la alimenta.
Un pueblo que no cabe en la postal
La realidad que la máquina se salta es mucho más rica. Los samis son el único pueblo indígena reconocido de la Unión Europea, y habitan Sápmi, un territorio repartido entre Noruega, Suecia, Finlandia y la península rusa de Kola. Cuentan con parlamentos propios en los tres primeros países, tienen nueve lenguas sami y tradiciones como el canto yoik; su bandera, adoptada en 1986, une el sol y la luna, y se definen a sí mismos como «hijos del sol».

Su presente es también político y doloroso. En diciembre de 2025, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Finlandia entregó un informe histórico, de unas setecientas páginas, sobre las injusticias cometidas contra este pueblo. Nada de esa profundidad cabe en las imágenes planas que ofrece hoy la IA comercial.
¿Y ahora qué?
La lección va más allá de la anécdota. A medida que la IA se convierte en la fábrica por defecto de imágenes del mundo, sus clichés amenazan con volverse la foto mental que todos tenemos de los demás. Corregirlo pasa por alimentar a estos modelos con una realidad más completa y actual, y por no olvidar que un pueblo puede estar, a la vez, orgulloso de sus raíces y plenamente integrado en el mundo digital. De lo contrario, la máquina seguirá dibujando disfraces donde hay culturas.
Las imágenes que ilustran este artículo han sido generadas con Nano Banana. La de portada responde al mismo tipo de petición neutra: «A documentary-style photograph of the everyday life of a Sámi person in northern Scandinavia today» (traducción: «Una fotografía de estilo documental de la vida cotidiana de una persona sami en la Escandinavia actual»).

