La IA no puede crear futuro: solo calcula probabilidades del pasado

Una de las promesas más repetidas de la inteligencia artificial es que nos ayudará a imaginar el futuro: nuevos fármacos, nuevas historias, nuevas ideas. Conviene detenerse en esa palabra, «nuevas», porque esconde una trampa. Un modelo generativo no mira hacia delante, mira hacia atrás. Calcula, a partir de un océano de datos ya existentes, cuál es la continuación más probable de lo que le pides. Su materia prima es siempre el pasado. Y de ahí surge una tesis incómoda: la IA no puede crear el futuro, porque solo sabe recombinar lo que ya ha ocurrido.

Una máquina que solo sabe del pasado

Esto no es una metáfora poética, sino una descripción técnica. En 2021, las investigadoras Emily Bender y Timnit Gebru popularizaron una imagen demoledora para los grandes modelos de lenguaje: «loros estocásticos». Un loro estocástico hilvana secuencias de palabras según su probabilidad estadística, sin comprender su significado ni tener intención alguna. El modelo no sabe lo que dice, lo predice; de ahí que a veces invente con aplomo, eso que llamamos alucinaciones. Y predecir, por definición, es proyectar las regularidades del pasado sobre lo que viene. Cuando se le exige originalidad sostenida, esa naturaleza aflora: la IA tiende a repetirse, a regresar a la media, a devolver el promedio de todo lo que ha visto.

Hume y el problema de la inducción

El problema es más viejo que la informática. En el siglo XVIII, David Hume formuló lo que hoy llamamos el problema de la inducción: no existe garantía lógica de que el futuro vaya a parecerse al pasado. Que el sol haya salido cada mañana no demuestra que saldrá la próxima; solo nos hemos acostumbrado a esperarlo. La inducción, decía Hume, es un hábito, no una certeza. Pues bien, una IA generativa es la inducción hecha máquina: extrae regularidades de lo ocurrido y apuesta a que se repetirán. Funciona admirablemente mientras el mañana se parezca al ayer. Su punto ciego es exactamente aquello en lo que el futuro deja de parecerse al pasado.

Lo genuinamente nuevo es impredecible

Y el futuro que de verdad importa es justo ese. Karl Popper lo argumentó con elegancia en La miseria del historicismo: no podemos predecir el curso futuro de la historia porque no podemos predecir el crecimiento futuro del conocimiento. Si pudiéramos prever hoy un descubrimiento, ya lo habríamos hecho. Lo genuinamente nuevo es, por definición, indeducible de lo anterior. Nassim Taleb lo trasladó al terreno de los acontecimientos con su «cisne negro»: los hechos que de verdad cambian el mundo son los que no estaban en los datos, los que ningún modelo entrenado con el pasado podía anticipar. Una máquina alimentada solo de historia es, por construcción, ciega a la ruptura. No es que prediga mal el cisne negro, es que no puede ni concebirlo.

Crear es empezar

Aquí entran dos filósofos que pensaron la creación de verdad. Para Henri Bergson, en La evolución creadora, la vida no es recombinación de piezas dadas, sino brote incesante de novedad; el tiempo real, lo que él llamaba duración, es creación o no es nada. El intelecto, decía, tiende a descomponer y recombinar lo existente, y al hacerlo se le escapa precisamente lo vivo, lo que aún no era. La IA es ese intelecto recombinador en estado puro, y por eso roza el verdadero acto creador sin llegar a tocarlo. Hannah Arendt añadió la pieza que faltaba: la natalidad. En La condición humana sostiene que la capacidad de empezar algo radicalmente nuevo arraiga en el hecho de haber nacido. Cada ser humano es un comienzo, capaz de introducir en el mundo lo inesperado. Una máquina no nace, continúa. Puede prolongar una serie hasta el infinito, pero no inaugurar una.

La objeción honesta

Sería deshonesto no plantear la réplica más fuerte. ¿Acaso la recombinación no basta para crear? La evolución misma es recombinación y selección; el jazz, las matemáticas y el lenguaje nacen de barajar elementos finitos. Y la IA ha producido cosas que ningún humano había concebido: estructuras de proteínas inéditas, jugadas de go que dejaron mudos a los maestros. ¿No es eso novedad? Lo es, pero conviene distinguir dos clases. Existe la novedad combinatoria, recolocar lo dado de un modo que nadie había probado, y en eso la IA es prodigiosa. Y existe la novedad como ruptura: la pregunta que nadie había formulado, el valor que nadie había valorado, el cambio de juego y no solo de jugada. Aquella célebre jugada de la máquina seguía estando dentro de las reglas del go; era una extrapolación brillante dentro de un espacio cerrado, no la invención de un juego nuevo. El futuro genuino no es un punto más dentro del espacio de lo posible ya definido: es el ensanchamiento de ese espacio. Y eso, una función que solo interpola lo conocido, no lo alcanza.

El riesgo, entonces, no es que la IA imagine mal el futuro. Es que, si le delegamos la imaginación, terminemos imaginando menos nosotros. Una cultura que le pide a una máquina del ayer que le dibuje el mañana corre el peligro de quedarse atrapada en un presente eterno, en un remix infinito de lo que ya fue. El futuro nunca fue algo que se dedujera del pasado: fue siempre algo que alguien se atrevía a empezar. Esa capacidad de comenzar, la natalidad de Arendt, la duración de Bergson, no la tendrá jamás un modelo entrenado con lo que ya existe. La buena noticia es que sigue siendo nuestra. Convendría no olvidarlo justo ahora.

La imagen de representación de este artículo pertenece a Iván Díaz y ha sido publicada en Unsplash

Claude
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