Damos por hecho que escribir buena ficción es cosa de humanos, que hace falta empatía y haber vivido para conmover con un relato. Un estudio de la Universidad de Villanova, publicado en agosto en la revista Judgment and Decision Making de Cambridge University Press, pone esa idea en aprietos: cuando los lectores no saben quién ha escrito, tienden a puntuar más alto los relatos generados por inteligencia artificial que los de autores humanos publicados.
Pero el hallazgo más interesante no es ese, sino el giro que viene después: en cuanto se les dice que un texto es obra de una IA, lo penalizan. Preferimos a la máquina, salvo cuando sabemos que es la máquina.
Cómo se hizo el experimento
El trabajo, firmado por Sydney Sears y la investigadora sénior Deena Weisberg, no es una encuesta suelta, sino tres experimentos con 2.587 participantes de entre 18 y 81 años. A cada persona se le mostraron relatos breves: tres escritos por autores humanos ya publicados y tres generados por ChatGPT sobre temas y estilos parecidos, y se le pidió que los valorase y, en algunos casos, que adivinara quién estaba detrás.
Lo primero que quedó claro es que la gente no distingue. Al tratar de acertar el origen de cada relato, los participantes se quedaron en el azar o por debajo. Y al puntuar la calidad de la escritura y el grado de enganche con la historia, las notas más altas fueron, de media, para los textos de la IA.
La paradoja de la etiqueta
Aquí está el verdadero titular. Los relatos de IA obtuvieron sus mejores valoraciones justo cuando se hizo creer a los lectores que los había escrito una persona. Dicho de otro modo, la etiqueta pesa más que el texto: lo que creemos que es humano nos gusta más, y lo que creemos que es artificial nos gusta menos, aunque delante tengamos exactamente lo mismo. Los autores lo interpretan como un sesgo a favor de lo humano.
«Asumimos que la escritura creativa requiere cualidades exclusivamente humanas, como la comprensión emocional y la experiencia vivida, y eso lleva a la gente a subestimar las capacidades de la IA».
Deena Weisberg, Universidad de Villanova
Según explican los autores, nuestras suposiciones sobre lo que la IA puede y no puede hacer se están quedando anticuadas a marchas forzadas.
Por qué gustan más los textos de la máquina
El estudio mide la preferencia, no la explica del todo, pero Weisberg apunta una hipótesis. La escritura de la IA tiende a ser más clara, directa y fácil de procesar, mientras que los relatos humanos suelen ser más sutiles y complejos. En una lectura rápida, sin contexto y fuera de una revista literaria, esa claridad puede jugar a favor de la máquina. Conviene subrayar que se trata de una interpretación, no de un dato: lo que el experimento constató es que, en las dos dimensiones que midió, calidad y enganche, la IA salió mejor parada, sin que se registrara ninguna en la que ganaran los humanos.
Qué dice esto de nosotros
El resultado corta en dos direcciones. Por un lado, desmonta la idea de que un lector medio siempre reconocerá y preferirá el pulso humano. Por otro, confirma que la palabra IA sigue arrastrando un estigma que condiciona el juicio incluso cuando el texto es idéntico. Esa tensión asoma también fuera del laboratorio, en las quejas de creadores que sienten pisoteada su autoría, como cuando el dibujante Paco Roca denunció un plagio con IA.
Conviene no sobredimensionarlo: son seis relatos y un solo modelo, ChatGPT, así que el estudio habla de preferencias de lectura en un contexto muy concreto, no de que la IA escriba mejor que la buena literatura. Pero sí deja una pregunta incómoda encima de la mesa. Si lo que nos emociona de un texto depende en parte de quién creemos que lo firma, quizá juzgamos las historias menos por lo que dicen y más por lo que esperamos de quien las cuenta.

