Aunque la narrativa dominante presenta a la inteligencia artificial como una tecnología autónoma, capaz de aprender y evolucionar por sí misma, lo cierto es que su desarrollo y funcionamiento dependen, de forma crítica, del trabajo de miles de personas en todo el mundo. Son los annotators, entrenadores humanos o moderadores de contenido, cuya tarea consiste en alimentar y corregir los modelos de IA. Trabajan etiquetando imágenes, redactando respuestas correctas, filtrando lenguaje ofensivo y evaluando si una respuesta es “aceptable” o no. Y lo hacen, en su gran mayoría, desde países del sur global y con salarios de supervivencia.
Trabajo invisible pero esencial
El auge de la inteligencia artificial generativa ha disparado la necesidad de datos de entrenamiento. Modelos como GPT, Claude, Llama o Gemini requieren miles de millones de ejemplos humanos para poder generar respuestas verosímiles. Cada uno de esos datos ha pasado antes por los ojos y las manos de un trabajador humano.
En muchos casos, estos empleados no saben qué empresa está detrás del encargo. Subcontratados por plataformas como Sama, Appen, Scale AI o Remotasks, reciben instrucciones genéricas para clasificar textos, corregir gramática, puntuar respuestas o redactar ejemplos adecuados. El outsourcing y la fragmentación del trabajo aseguran que ni siquiera vean el producto final. Pero su trabajo sostiene toda la industria.
En países como Filipinas, Venezuela, India o Kenia, este tipo de microtrabajo digital se ha convertido en una fuente creciente de empleo, sobre todo para jóvenes con acceso a internet. Pero las condiciones son precarias: jornadas largas, baja remuneración, presión por alcanzar cuotas y escaso o nulo reconocimiento.
Sueldos bajos, impacto alto
Según una investigación de Time, OpenAI contrató a trabajadores kenianos por menos de dos dólares la hora para ayudar a moderar los contenidos más tóxicos que su modelo GPT podía generar: discursos de odio, escenas de violencia sexual, lenguaje racista y otros ejemplos extremos que los sistemas deben aprender a evitar.
El trabajo no solo es duro, sino también volátil. Los contratos pueden desaparecer de un día para otro, las plataformas cambian de criterio sin previo aviso y muchos trabajadores dependen de tareas que pagan unos céntimos por cada fragmento completado. Según un estudio publicado en 2021 realizado por investigadores de la Universidad del Noreste de Boston, Microsoft Research y la UNAM, los trabajadores en Amazon Mechanical Turk ganan, en promedio, unos 2,83 dólares por hora, lo que equivale a solo el 39,5% del salario mínimo federal de Estados Unidos. Además, un tercio del tiempo invertido corresponde a tareas no remuneradas, como buscar encargos disponibles o verificar pagos pendientes.
¿Quién está detrás de la IA?
Aunque se presenta como una tecnología sofisticada y autónoma, la IA depende más de los humanos que nunca. Los grandes modelos de lenguaje requieren de supervisión constante para evitar errores, sesgos o respuestas inapropiadas. Esa supervisión no la hacen algoritmos, sino personas reales.
El día a día de quienes entrenan a la inteligencia artificial se desarrolla frente a una pantalla, en jornadas que pueden extenderse durante más de diez horas, sin garantías laborales ni horarios fijos. Estos trabajadores, muchos de ellos jóvenes con estudios universitarios, se conectan a plataformas como Remotasks o Appen en busca de tareas disponibles que deben completar rápidamente para ganar unos pocos céntimos por unidad. La mayoría trabaja desde casa, en condiciones de aislamiento y con la presión constante de mantener ratios de precisión y velocidad. Algunas tareas implican etiquetar imágenes, transcribir audio o evaluar si una respuesta generada por IA es apropiada. Otras, más duras, consisten en revisar contenido violento o explícito que debe ser filtrado del entrenamiento de los modelos. En muchos casos, no saben para qué empresa están trabajando ni cómo se usarán sus decisiones, lo que refuerza su sensación de anonimato y desprotección.
La antropóloga Mary Gray, autora de Ghost Work, lo resume así: “Los trabajadores que entrenan a la IA son como fantasmas digitales. Sin ellos, no habría automatización. Pero están ocultos, desprotegidos y subvalorados”.
No se trata solo de entrenar: también revisan errores, afinan respuestas, comparan resultados y hacen feedback loops para mejorar la calidad del modelo. Todo este trabajo requiere comprensión lingüística, contexto cultural, empatía y capacidad crítica. Es decir, habilidades humanas que ninguna máquina puede replicar.
El Banco Mundial calcula que entre 150 y 420 millones de personas en el mundo podrían estar involucradas en tareas relacionadas con la IA, desde anotación de datos hasta moderación de contenido.
Consecuencias y desafíos
La invisibilidad de estos trabajadores plantea serias preguntas éticas. ¿Puede una tecnología que se presenta como revolucionaria sostenerse sobre trabajo precario y mal remunerado? ¿Qué responsabilidades tienen las empresas que entrenan sus modelos con mano de obra barata?
Algunos grupos de derechos digitales, como Tierra Común o Data Workers Organizing, exigen que se reconozca a estos empleados como parte esencial del proceso tecnológico, con derechos laborales, salarios justos y transparencia. También crecen las voces que piden regulaciones para evitar el uso de trabajo humano oculto como base del desarrollo de la inteligencia artificial.
Empresas como OpenAI, Meta o Google se enfrentan a una paradoja: cuanto más avanzados son sus modelos, más dependen del criterio humano para perfeccionarlos. Y sin embargo, quienes hacen ese trabajo siguen sin aparecer en la foto.
Un nuevo proletariado digital
Lo que está ocurriendo con los entrenadores de IA no es un fenómeno aislado. Forma parte de una tendencia más amplia en el capitalismo digital: externalizar tareas esenciales a trabajadores invisibles. No es muy distinto de lo que ocurrió con los call centers o con la moderación de contenidos en redes sociales.
Lo nuevo es que ahora se trata de entrenar la tecnología que, supuestamente, reemplazará al trabajo humano. Pero sin humanos, no hay inteligencia artificial.
La pregunta ya no es si la IA nos quitará el trabajo. La verdadera cuestión es: ¿quién entrena, cuida y limpia las huellas digitales de esa IA? Y, sobre todo, ¿en qué condiciones lo hace?
La fotografía de portada de esta noticia pertenece a Arnob Sadi y ha sido publicada en Unsplash.

