En febrero de 2020, una madre surcoreana se puso unas gafas de realidad virtual y «se reencontró» con su hija de siete años, fallecida de una enfermedad de la sangre. El documental Meeting You, de la cadena MBC, mostró a Jang Ji-sung intentando acariciar a una niña que no estaba allí. La escena recorrió el mundo porque tocaba una fibra muy antigua: el deseo de que la tecnología nos devuelva a quienes hemos perdido.
Cinco años después, ese deseo es una industria. La periodista Camille Tuutti contó en Aftonbladet que está construyendo un avatar de inteligencia artificial de su madre, y hoy cualquiera puede intentar algo parecido a partir de miles de mensajes, audios y fotos. Pero conviene mirar de frente lo que estas herramientas entregan, porque un avatar no te devuelve a la persona: te devuelve un eco probabilístico de su pasado. Un modelo entrenado con lo que el difunto ya dijo, capaz de imitar su tono, pero incapaz de sorprenderte, de cambiar de opinión o de crecer contigo. Es, en su forma más pura, una IA que no crea futuro, solo recombina probabilidades de lo ya ocurrido.
Una industria del más allá
El sector ya tiene nombre, «industria del más allá digital», y cifras: las proyecciones apuntan a que podría cuadruplicar su tamaño hasta rozar los 80.000 millones de dólares en una década. Detrás hay historias reales y conmovedoras. Eugenia Kuyda alimentó una red neuronal con miles de mensajes de su amigo Roman Mazurenko, muerto en un atropello en 2015; aquel «bot de Roman» acabó convertido en Replika, hoy una app de compañía de masas que ya nada tiene que ver con su origen funerario. El periodista James Vlahos construyó un «Dadbot» de su padre enfermo y fundó la empresa HereAfter AI. Y un canadiense, Joshua Barbeau, recreó a su prometida fallecida en lo que el San Francisco Chronicle bautizó como «The Jessica Simulation». La línea entre el homenaje y el negocio es fina, y en ese filo aparece algo incómodo: la mercantilización del duelo.
¿Consuelo o duelo en pausa?
No hay consenso sobre si esto ayuda a sanar. Investigadores de Cambridge advirtieron de que estos sistemas pueden causar daño psicológico e incluso «acechar» a los vivos, que pueden desarrollar vínculos intensos con la simulación y volverse vulnerables a su manipulación. La pregunta de fondo no es si podemos hablar con los muertos, sino si el duelo debería tener un botón de pausa. El duelo es el trabajo lento y doloroso de aceptar una ausencia y dejar que el vínculo se convierta en memoria. Una tecnología diseñada para negar esa ausencia puede ofrecer un consuelo genuino, o puede dejar a la persona atrapada en una conversación que nunca termina de cerrarse.
El consentimiento de los ausentes
Hay una asimetría que rara vez se nombra: los muertos no dieron permiso para ser simulados. La actriz Zelda Williams denunció que se recreara digitalmente a su padre, Robin Williams, y su caso resume el malestar de muchas familias. A la vez, los ejemplos se multiplican, desde el viudo que fabrica un clon de su mujer hasta los formatos televisivos que resucitan a famosos. Quién posee ese avatar, quién puede modificarlo y qué se hace con la voz y la imagen de alguien que ya no puede oponerse son preguntas sin respuesta clara, y de momento las contestan, sobre todo, las condiciones de servicio de una empresa.
La segunda muerte
Y luego está la fragilidad técnica de todo esto. StoryFile, la compañía que permitía a los fallecidos «responder» en sus propios funerales y que llegó a convertir a William Shatner en un chatbot conversacional, se declaró en quiebra en 2024. Cuando la empresa que aloja el avatar desaparece, el servidor se apaga y el ser querido digital se pierde para siempre. Es una segunda muerte, esta vez por causas administrativas: se delega la pervivencia de un padre o una madre en el balance contable de una startup.
El espejo y el valle
Todo avatar comparte además un defecto que no se arregla con más datos: es casi, pero no del todo. Esa grieta entre la copia y el original es justo donde habita el valle inquietante, el escalofrío de lo que se parece demasiado a un humano sin llegar a serlo. Quizá por eso conviene recordar que el impulso no es nuevo: hemos buscado vencer a la muerte desde siempre, y la IA es solo el último altar de esa necesidad de trascendencia. La pregunta honesta, al final, no es si la tecnología nos permite hablar con los muertos. Es si de verdad queremos una versión de ellos que nunca podrá decirnos nada nuevo.
La fotografía de representación de este artículo pertenece a Veit Hammer y ha sido publicada en Unsplash

