El Estatuto del Artista entra en su recta final con una cláusula de IA que indigna a parte del sector cultural

El Gobierno ultima la reforma del Estatuto del Artista, la norma que regula la relación laboral de quienes trabajan en las artes escénicas, audiovisuales y musicales, y lo hace con una novedad que ha encendido a parte del sector: su artículo 13 abre la puerta a la inteligencia artificial generativa en los contratos artísticos. Cerrado el plazo de alegaciones el 2 de febrero, el real decreto entra en su recta final y el Ministerio de Trabajo prevé aprobarlo antes del verano, o poco después, con una tramitación exprés para llevarlo cuanto antes al Consejo de Ministros.

El artículo 13 permite usar programas de IA para generar imagen, voz o texto dentro de un contrato artístico, siempre que se reconozca expresamente ese uso y, según la redacción, sin que la herramienta sustituya al artista ni imite su estilo sin permiso. El Gobierno presenta esa cláusula como una salvaguarda; sus críticos la consideran insuficiente y temen que, en la práctica, sirva para normalizar una tecnología que el sector no controla.

Quién se opone y con qué argumentos

La voz más visible de ese rechazo es Arte es Ética, un colectivo sin ánimo de lucro nacido a finales de 2022 y formado por artistas e ilustradores independientes de España y Latinoamérica. Desde su manifiesto reclama que la IA generativa no se entrene con obras protegidas sin permiso ni remuneración, y presiona a los gobiernos de habla hispana para que legislen en esa dirección. Junto a sindicatos, asociaciones de traductores y la CGT, ha presentado alegaciones contra el texto.

Su denuncia de fondo es que los grandes modelos se han entrenado con miles de millones de obras sin permiso de sus autores. Permitir su uso en los contratos, sostienen, legitima un modelo de negocio basado en lo que llaman «lavado de datos», que ignora el origen del material con el que el algoritmo fabrica sus resultados, precariza los salarios y compite de forma desleal con el trabajo humano.

A esa crítica se suma AISGE, la entidad que gestiona los derechos de actores y dobladores en España, que ha difundido un análisis de su director general, Abel Martín Villarejo, bajo el lema «No al artículo 13». Sostiene que un decreto laboral no es el lugar para regular la IA generativa, porque al hablar del «resultado» del trabajo del intérprete invade un terreno propio de la Ley de Propiedad Intelectual. Según AISGE, el texto obligaría al artista a ceder sin límites el uso de su imagen y su voz para entrenar sistemas de IA a cambio de una compensación pactada de antemano, cuando al firmar el contrato ni el actor ni la productora pueden saber qué usos concretos se harán después. Advierte, además, de que solo sería compensable el resultado «recognoscible», el que el propio artista logre identificar y probar que se ha usado para entrenar un modelo, y resume su postura en una frase: una mala regulación es peor que no regular nada.

Un pulso que viene de lejos y de fuera

La batalla no es solo española. Forma parte de una movilización global de trabajadores creativos que va desde los guionistas de Hollywood, que exigen cobrar por el entrenamiento de la IA, hasta los cuatro mil artistas del cine francés que denunciaron el saqueo de sus obras. En España, el doblaje ya arrancó una «cláusula de IA» que impide clonar voces sin permiso, y el cine vive la misma división que se vio en Cannes. Para situar todo esto en su marco legal conviene leer cómo la ley de IA cambia las reglas en el audiovisual.

Más allá del empleo

El temor del sector no se limita a los puestos de trabajo, aunque sea el más inmediato: un informe de Goldman Sachs estima que la automatización podría exponer unos 300 millones de empleos a tiempo completo en el mundo, con el arte y el diseño entre los más expuestos. A ello se suman otras inquietudes: el coste ambiental de los centros de datos que sostienen la IA, cuya demanda eléctrica se estima que podría dispararse en los próximos años; el riesgo de homogenización cultural, porque los modelos tienden a producir resultados promedio; y, según algunos estudios todavía preliminares, el posible efecto del uso temprano de estas herramientas sobre el desarrollo de habilidades críticas y creativas.

Arte es Ética resume un balance desigual: ha conseguido llevar el debate al primer plano y articular la oposición de buena parte del sector, pero no ha frenado el artículo 13, que sigue camino del Consejo de Ministros. La cuestión de fondo, repiten los creadores, no es estar en contra del progreso, sino exigir que la tecnología respete los derechos de autor y el trabajo humano. Y la de si el Estatuto protege a los artistas o, como temen, facilita su sustitución, se responderá pronto, cuando el decreto se apruebe.

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