La historia siempre ha sido el resultado de una labor humana: seleccionar fuentes, interpretarlas, narrarlas. Pero en la era de la inteligencia artificial, esta tradición se está viendo desafiada por algoritmos que procesan y archivan datos a un ritmo y una escala sin precedentes. En Artificial Historians, la historiadora australiana Marnie Hughes-Warrington lanza una advertencia tan fascinante como inquietante: la IA se ha convertido ya en una suerte de cronista global que crea historia sin que podamos ver ni controlar cómo lo hace.
Una historia generada por máquinas
“La mayoría de las historias ya no las hacen humanos”, afirma Hughes-Warrington. Los historiales de navegación, los álbumes de fotos digitales, los resúmenes automáticos… todo eso lo generan máquinas. Y esos fragmentos de vida se convierten en material susceptible de ser recopilado por modelos de lenguaje que generan nuevas narrativas. La IA está creando archivo histórico en tiempo real, sin contexto, sin matices, sin metodología transparente.
En su entrevista con El País, la autora ilustra este fenómeno con ejemplos cotidianos: “Tus fotos del móvil, con todos esos vídeos y presentaciones automáticas, también son tu historia. Todo eso lo generan máquinas.”
Una nueva responsabilidad para los historiadores
Este proceso no está exento de riesgos. Hughes-Warrington denuncia que los algoritmos que alimentan estos sistemas se entrenan con datos sesgados, lo que puede amplificar injusticias históricas. Además, alerta de que la IA no comprende los matices: “La IA nunca usa la palabra ‘quizás’. Siempre suena muy segura de lo que dice. En cambio, los historiadores siempre decimos cosas como ‘es posible’, ‘tal vez’”.
Ese tono categórico no es casual. “Hay estudios que muestran que, si escribo en primera persona, no digo ‘quizás’ y termino con una pregunta, es más probable que confíes en mí”, advierte. Esa construcción de autoridad por parte de la IA puede generar una falsa percepción de objetividad en las narrativas automatizadas, alejándolas aún más del espíritu crítico de la historiografía.
El desafío de distinguir lo auténtico de lo sintético
La IA también permite crear nuevas formas de falsificación: vídeos históricos simulados, avatares que hablan como figuras del pasado, imágenes manipuladas. “Puedes generar un noticiario con filtro sepia como si fuera de la Segunda Guerra Mundial. Puedes chatear con Emmanuel Kant”, comenta la historiadora. Esto plantea un problema ético: ¿cómo distinguir lo real de lo generado artificialmente? ¿Qué papel jugará la educación histórica en esta nueva era de deepfakes?
Una oportunidad si aceptamos el reto
Sin embargo, Hughes-Warrington no es apocalíptica. Ve en esta transformación una oportunidad para democratizar la escritura de la historia. Gracias a las herramientas digitales, muchas más personas pueden ahora contar sus vivencias y contribuir al relato colectivo. “El número de personas que pueden hacer historia ha explotado”, celebra. Pero añade: “Solo digo que tenemos que pensar en el viaje en el que estamos metidos. ¿Es este el camino que queremos seguir?”
No obstante, también lanza una advertencia sobre los efectos de la popularidad en las narrativas históricas: “Mucha gente fue muy optimista con internet, pensaban que sería una herramienta superdemocrática. Pero al final todo el mundo acaba escuchando a Taylor Swift. La popularidad genera más popularidad”. Esto lleva a una pregunta crucial: ¿la historia se volverá más homogénea o se hablará cada vez más de ciertos temas?
Para ella, la solución no es excluir la IA de la historiografía, sino integrar el pensamiento histórico en el desarrollo tecnológico. Como concluye en su libro: “La IA no es una amenaza para la historia si aceptamos la invitación a participar en su creación. Podemos construir historiadores artificiales más eficaces y justos preservando el pensamiento crítico y la comprensión contextual que definen a la buena historiografía”.

