Accede aquí al estudio completo en Nature.
¿Qué se considera aceptable?
Más del 90% de los encuestados consideran aceptable usar IA para editar o traducir un manuscrito, aunque la mayoría no lo haya hecho. Solo el 28% reconoció haber utilizado la IA para editar sus textos, y apenas el 4% para traducirlos. En cuanto al uso para redactar el primer borrador de un artículo o elaborar resúmenes, la aceptación baja considerablemente: apenas un 13% y 16% respectivamente lo consideran ético.
Al tratarse de secciones concretas del texto, los investigadores son más permisivos con el uso de IA para redactar el abstract, pero se muestran reacios a aplicarla en la sección de resultados, una de las más sensibles por su rigor científico.
¿Debe declararse el uso de IA?
La encuesta también indagó sobre la necesidad de transparencia. Aunque los editores de revistas académicas suelen exigir la declaración del uso de IA, muchos investigadores afirmaron que no lo revelaron cuando lo usaron. Aquí surge una discrepancia clave entre las normativas editoriales y las percepciones de los científicos.
Para Alex Glynn, experto en comunicación científica de la Universidad de Louisville, este desfase plantea una pregunta fundamental: “¿Refleja esta desconexión una falta de familiaridad con el tema o una discrepancia de principios con la comunidad editorial?”
IA en la revisión por pares: ¿una línea roja?
El uso de inteligencia artificial en el proceso de peer review suscita más rechazo: más del 60% cree que no es aceptable usarla para redactar un informe inicial de revisión, principalmente por motivos de privacidad. No obstante, un 57% aprueba su uso como herramienta de apoyo para responder preguntas sobre el manuscrito revisado.
Chris Leonard, consultor en comunicaciones académicas, defiende el uso híbrido: “Ese enfoque es perfecto para detectar errores que los revisores humanos podrían pasar por alto”.
¿Quién usa realmente la IA?
Pese al debate, los usos reales de estas herramientas siguen siendo minoritarios. El 65% de los participantes dijo no haber utilizado IA en ninguno de los escenarios planteados por la encuesta. Los más jóvenes y aquellos en países donde el inglés no es lengua materna fueron los más propensos a experimentar con IA, especialmente para tareas de edición.
En contraste, solo un 4% reconoció haber usado IA para redactar un borrador o realizar una revisión por pares.
Opiniones enfrentadas
Las posturas recogidas en los comentarios de los encuestados oscilan entre la completa aceptación y el rechazo absoluto. Aisawan Petchlorlian, investigadora en Bangkok, cree que la IA será pronto tan común como usar una calculadora: “La divulgación no será un tema relevante”. En cambio, un geólogo canadiense la considera “fraude patético”.
Para otros, el problema está en lo que se pierde al delegar tareas intelectuales en una máquina. “Nos robamos la oportunidad de aprender”, reflexiona Daniel Egan, de la Universidad de Cambridge.
Entre los beneficios señalados, destaca el apoyo que puede brindar a investigadores que no dominan el inglés, así como la posibilidad de igualar el terreno de juego para académicos de todo el mundo. No obstante, muchos advierten de la baja calidad de las respuestas generadas, que incluyen citas falsas y afirmaciones incorrectas.
¿Y en el futuro?
Los resultados muestran una comunidad científica aún en proceso de adaptación a estas nuevas herramientas. Aunque el uso es bajo, la disposición a usarlas es alta. “Nuestros datos reflejan entusiasmo, pero también cautela”, resume Josh Jarrett, vicepresidente de la editorial Wiley.
Lo que queda claro es que el debate sobre la ética de la IA en la investigación apenas comienza, y su resolución podría definir el futuro de la comunicación científica.

