Microsoft anunció el lunes 6 de julio de 2026 el despido de unos 4.800 empleados, alrededor del 2,1% de su plantilla mundial, y el golpe se ceba con Xbox, su división de videojuegos. Pero la cifra global no es lo más revelador de la noticia. Lo es el contexto: la compañía recorta personal mientras invierte cantidades récord en inteligencia artificial, una aparente contradicción que se está volviendo la norma en el sector.
La versión oficial matiza el papel de la IA. Amy Coleman, directora de personal de Microsoft, escribió a la plantilla que los puestos eliminados no están siendo reemplazados por la IA, aunque reconoció que esta tecnología ya está cambiando cómo se hace el trabajo y automatiza algunas tareas del día a día. Dicho de otro modo: la IA no firma los despidos, pero planea sobre todos ellos.
Xbox, la cara visible del recorte
Ninguna división encaja el golpe como Xbox, que concentra 3.200 de los 4.800 despidos, cerca de una quinta parte de su personal. Su nueva responsable, Asha Sharma, justificó el tijeretazo por unos márgenes muy inferiores a los de negocios comparables dentro de la propia empresa.
El precio es un vaciado de su cantera creativa. Microsoft se desprende de hasta cinco estudios de desarrollo: Compulsion Games y Double Fine vuelven a ser independientes, Ninja Theory y Undead Labs se ponen en venta, y el francés Arkane Lyon, autor de Dishonored, entra en un proceso de consultas con el sindicato. Buena parte de los estudios que la compañía compró a golpe de talonario en la última década queda ahora desmantelada.
Despedir para pagar las máquinas
¿Por qué recortar si el negocio va bien? La respuesta que apuntan los analistas es incómoda: hacer caja para el mayor gasto de su historia. Microsoft prevé invertir en torno a 190.000 millones de dólares este año, casi todo en centros de datos y hardware para IA. Como resumió el analista Gil Luria, la empresa lleva tiempo reduciendo plantilla precisamente para poder pagar esas inversiones.
Microsoft niega que el objetivo sea financiero, pero el calendario habla solo. Y no es la primera señal: a principios de 2026 ya había ofrecido salidas voluntarias a unos 9.000 trabajadores en Estados Unidos, alrededor del 7% de su plantilla allí. Es la misma paradoja de invertir en IA mientras se recortan miles de empleos que ya vimos en Oracle y Atlassian.
No es un caso aislado
El patrón se repite en todo el sector. Meta recortó miles de puestos para financiar su apuesta por la IA, Oracle prescindió de 21.000 personas con un argumento parecido, y Amazon admitió sin rodeos que la IA reducirá el número de empleados en ciertas tareas. En conjunto, se calcula que las grandes tecnológicas invertirán este año más de 700.000 millones de dólares en infraestructura de IA, una cifra que hay que pagar de algún sitio.
Para Microsoft tampoco es una novedad. La empresa arrastra una sucesión de despidos que solo en 2025 se llevó por delante unos 15.000 puestos entre dos rondas. Lo nuevo es la franqueza con que ahora se asocia el ajuste a la carrera por la IA.
La ironía de fondo
Hay algo casi irónico en la escena. La misma compañía que despide a miles de personas es la que vende una IA capaz de trabajar sola en las oficinas. El mensaje implícito es difícil de esquivar: se adelgaza la plantilla humana mientras se engorda la digital.
Todo esto conecta con un fenómeno que ya tiene nombre: el AI washing, la costumbre de envolver en lenguaje de inteligencia artificial decisiones que en el fondo son de otra naturaleza. En su versión más burda consiste en exagerar el uso de IA para atraer inversión, hasta el punto de que el regulador bursátil estadounidense ya ha sancionado a empresas por presumir de una IA que apenas utilizaban. Aquí la variante es más sutil: presentar un recorte de costes como una transformación hacia la IA lo convierte en una decisión visionaria en vez de en un simple ajuste de plantilla. Que Microsoft niegue a la vez que la IA se lleve los puestos no deshace esa contradicción, la subraya.
Microsoft defiende que una estructura más ligera y enfocada le permitirá innovar más rápido y no perder el liderazgo. Puede que tenga razón. Pero, por ahora, lo que queda a la vista es una transición en la que las máquinas se llevan la inversión y las personas, la factura. Está por ver si esa apuesta genera la innovación que la empresa promete a inversores y usuarios, o simplemente una compañía más delgada.

